Miguitas de pan en Rawson, masacre en Trelew

 

En 1972 distintas organizaciones guerrilleras planearon una fenomenal fuga de la cárcel de Rawson. Un grupo lo logró, otro fue detenido y asesinado. Los olvidados son los que quedaron en el penal. Esta historia evoca la memoria de todos.

 

Por Juan Pablo Cossutta|

El 15 de agosto de 1972 un grupo de guerrilleros detenidos en el penal de Rawson tomó el control del penal y logró huir. Seis de los principales dirigentes de Montoneros, FAR y ERP escaparon a Chile. Otros diecinueve se rindieron en el aeropuerto, al no poder abordar el avión que los trasladaría. Un tercer grupo que llevaba la lista de presos políticos que pensaban fugarse a más de 100, debió quedarse dentro del penal. Esa misma noche –mientras algunos de sus compañeros llegaban a Chile y otros se rendían- los detenidos fueron llevados a la Base Aeronaval Almirante Zar. Siete días después, el 22 de agosto, tras un supuesto intento de fuga dieciséis de ellos murieron fusilados a quemarropa.

Si esta crónica fuera sólo una efeméride, debería comenzar de esa manera. Para que el relato fuera más “local”, podríamos recurrir a otra alternativa citando el diario La Voz del Interior de un año antes:

“Dentro de la mayor reserva y rodeado de un gran operativo de seguridad, efectivos militares y de Gendarmería habrían procedido a trasladar en la víspera a 33 detenidos acusados de integrar células terroristas”.

En el segundo caso estaríamos cumpliendo con ciertos trámites formales para una crónica dura: empezar por el principio de la historia y citar a un diario –en este caso La Voz–  del 9 de septiembre de 1971.

Pero esta no es una efeméride y creemos que lo que vamos a contar no debe empezar por el principio, sino por el final. O casi.

La historia que vamos a contar comenzó el sábado 1 de abril de 2017 a la tarde en la Biblioteca Popular Sayana, un centro cultural de Mendiolaza, una localidad ubicada en la zona del Gran Córdoba. Ese día se reunieron un grupo de vecinos para escuchar a Juan Cruz Taborda Varela, que presentaba su libro “La Ley de la Revolución”, una biografía política del abogado Gustavo Roca.

Al terminar la presentación se abrió el debate y un hombre de unos 70 años muy conocido en el barrio, levantó la mano para decir unas palabras. Juan Cruz –que sabía que además de ser vecino y miembro de la biblioteca, Manuel Lorenzo fue un militante político de los años 70– les pidió a todos que lo escuchen.

—Gustavo Roca fue mi abogado.

Dijo Manuel y en la cara del autor del libro se dibujó el rostro de la sorpresa. Años buscando –y consiguiendo– los más imposibles testimonios sobre Roca para ese trabajo y, de repente, se enteraba de que a la vuelta de su casa había un testigo que se le había escapado.

La historia tiene esas cosas y Juan Cruz escuchó atento la anécdota de cómo en aquellos tiempos el abogado que fue amigo del Che Guevara se convirtió en una especie de segundo padre para Manuel que por entonces comenzaba su historia de militancia. Años en los que, cuando los padres de ese hombre desesperaban por el destino de su hijo militante, perseguido y finalmente preso, era Gustavo Roca quien iba a visitarlos, los hablaba y les decía que se quedaran tranquilos, que él lo estaba cuidando.

Juan Cruz lo cuenta así:

—Sabía que él había estado en Trelew al momento de la fuga, pero cuando quise entrevistarlo me mandó a hablar con otra persona así que no pude indagar mucho. Recién me enteré aquella tarde de que Roca lo había defendido.

Por esas cosas de la vida y la memoria, la historia de Lorenzo en la presentación del libro impactó en algunos vecinos. Uno de ellos que algunos días después se cruzó con Manuel, le preguntó por lo que había vivido en aquellos años:

—Me dijo que sí, que él había estado en Rawson cuando se produjo la fuga, pero no pareció que tuviera muchas ganas de hablar así que no insistí.

Algo similar comentaron otras personas con las que hablamos. La mayoría de ellos hacía referencia a un comentario en el que solía refugiarse Manuel

—Yo era muy chico, yo era muy chico.

Las anécdotas fueron contadas por un vecino a otro y en alguna reunión de amigos.

—¿Viste el señor ese que siempre es tan atento? Bueno, resulta que en la presentación del libro de Juan Cruz Taborda Varela, me enteré que en los 70 estuvo preso en Rawson y ¿sabés qué? participó de la fuga del penal junto a Santucho, Gorriarán Merlo y los Montoneros.

Así fue como de a poco la historia de Manuel fue abriéndose paso hasta que un redactor de esta revista se presentó en el espacio Sayana y comenzó a rescatarla.

***

 

La reja de la puerta del Centro Cultural Sayana, en el Talar de Mendiolaza, está cerrada. Sobre la vereda de tierra hay una pizarra donde se lee “Gas”. Frena un auto. Un hombre saca una garrafa del baúl y una persona sale del lugar con otra. Las intercambian. La escena se repite, con otros autos, cuatro veces en media hora.

En el interior del lugar –un salón de unos seis metros por cinco– hay un mural con fotos que tiene escrito “Sayana, más inclusión”. En otra de las paredes hay una biblioteca con varias colecciones de la Editorial Salvat. Al medio, dos columnas tienen diferentes manos estampadas con pintura roja. Sobre una mesa de madera cuadrada color verde, hay unas bolsas con semillas. Manuel Lorenzo se sienta.

—Vendemos garrafas para pagar el alquiler —dice.

Sayana es una biblioteca popular y hace las veces de sede del Partido Solidario, una agrupación alineada al kirchnerismo. Allí también funciona el ProHuerta, un programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Ese es el lugar donde Manuel vuelca su militancia desde hace más de 15 años. De su otra militancia, la de su juventud en Montoneros, dice que hay otras personas que pueden dar mejor información. Casi como desligándose de su historia, nombra otros compañeros: Luis Rodeiro, Cecilio Salguero, Elvio Alberione.

—Creo que con ellos vas a tener un buen aporte. Yo bajé el telón, estoy metido de cabeza en esto —dice, y con una mano señala las semillas.

Cuesta un poco hacerlo hablar, pero de a poco suelta palabras. Gesticula, se para, vuelve a sentarse, ceba mates y habla mientras con los dedos amasa las migas de un criollito e hilvana la historia de su vida.

***

Ahora sí vamos hacia atrás: En mayo del 71, Manuel viajaba todos los días desde Villa Allende hasta Ferreyra, para trabajar en una granja. En realidad iba a un lugar que pertenecía a la agrupación Montoneros.

—La habíamos alquilado con todos los papeles bien hechitos, hasta criaderos de pollo había.

En esos días, la organización dejó allí un auto robado en Santa Fe.

—Una mañana llaman a la puerta y cuando abrimos vimos a una señora bien empilchada y muy respetable. Te diría que tranquilamente podría haber estado amasando los fideos en su casa. Después de saludar, me preguntó si vendíamos huevos.

Charlamos unos minutos, le di los huevos y después de pagar, se fue.

Al día siguiente, la Policía allanó el lugar.

La señora era integrante del famoso de la Departamento de Informaciones de la Policía. Una referente de varios de los genocidas que hoy cumplen condenas por delitos de lesa humanidad.

—La mina había visto el auto, tomó la patente y de ahí saltó que era robado en Santa Fe. Chau. Esa misma noche conocí la famosa D2. Pero hay que distinguir lo que era la tortura en esa época y lo que fue después del 76. Vos estabas preso, pero existía un marco legal que, mal que mal, se respetaba.

Allí entra en escena Gustavo Roca. Según cuenta Manuel, Montoneros tenía un sistema de alertas que implicaba que si algún integrante no aparecía en un lapso de cuatro días, llamaban a alguno de los abogados que los defendían. En su caso, apareció el abogado que años después retrataría Juan Cruz Taborda Varela.

—En esos cuatro días te hacían recagar, pero se cuidaban de no liquidarte, de que no te quedaran muchas marcas, te daban duro con toallas mojadas, electricidad con baterías, etcétera. Era tremendo pero cuando aparecía Gustavo, la cosa paraba.

Aquí es donde la historia de Manuel se enlaza con la de los 33 detenidos de los que hablábamos al comienzo de esta historia en la nota de La Voz del Interior. Tras la aparición de Gustavo Roca, el joven Manuel fue llevado a la cárcel de Encausados donde permaneció detenido unos meses.

Sin embargo, la situación de los presos políticos cordobeses se vería alterada el 30 de agosto de 1971. Ese día las fuerzas de seguridad cordobesas produjeron uno de los golpes más importantes contra las estructuras revolucionarias que actuaban en esta provincia. En un operativo realizado en una vivienda de la calle Galeotti 371 de barrio General Bustos, fueron detenidos los dos máximos jefes del Ejército Revolucionario del Pueblo: Mario Roberto Santucho y Enrique Gorriarán Merlo.

Tras ello la dictadura de Lanusse decidió el traslado de los aquellos 33 presos desde Córdoba a  Capital Federal para luego enviarlos a una cárcel al sur del país. En esa tanda de detenidos además de Santucho y Gorriarán Merlo, viajaba Humberto Toschi (que había sido detenido junto con ellos) y varios militantes Montoneros como Marcos Ozatinzky, Mariano Pujadas y alguien poco conocido que es el protagonista de esta historia: Manuel Lorenzo.

 

En el sur

—Teníamos una fuerza interior impresionante. Nos levantábamos a las seis de la mañana, hacíamos gimnasia, salíamos con tres o cuatro grados bajo cero a jugar al fútbol. Había reuniones de estudio y cada organización hacía por su lado tertulias políticas.

Así recuerda Manuel Lorenzo aquellos días en el Penal de Rawson. Ahora tiene más años de los que vale la pena recordar y le cuesta hablar mientras toma mates.

—Desde que pisamos el penal –dice– la idea de fugarse estuvo presente.

Lo primero que se les ocurrió a los jefes guerrilleros fue hacer un túnel. Cada organización dispuso de una persona para emprender esa tarea: por el ERP Humberto Toschi; de las FAR (todavía separada de Montoneros), estaba Alfredo Kohon y de Montoneros, Manuel.

—Pasamos horas y horas rasqueteando el piso de la celda de Gorriarán Merlo, que estaba en una punta del penal a unos 10 metros del muro que dividía el encierro de la libertad.

Sólo ellos y los jefes de cada organización sabían del proyecto.

—Nos habían dejado entrar bombo y guitarra así que el resto de los compañeros cumplía la orden de hacer quilombo. Cantaban, gritaban, bailaban mientras nosotros nos encerrábamos a rascar las juntas.

 

Peronismo

El 26 de julio de 1952, en la casa de los Lorenzo en Villa Allende lloraban todos. El padre, la madre, la abuela y los niños. Uno de ellos era Manuel. Había muerto Evita.

—Ese día mi casa era un velorio. Mi viejo era chofer de un colegio de curas. Era muy pobre y peronista —cuenta Manuel.

Luego del golpe del 55, a sus familiares los persiguieron y se quedaron sin trabajo. En los años de la Libertadora, con el peronismo proscripto, Manuel cursó el secundario en el Liceo General Paz.

—Yo pude ir al Liceo porque Perón había instituido unas becas para gente pobre. Había que aprobar un examen de ingreso muy riguroso.

El destino juntó en el colegio militar a una camada de jóvenes con el sacerdote Alberto Fulgencio Rojas.

—El cura era de la tendencia tercermundista y había pescado que ahí había una vertiente, nos juntaba con el Gordo Maza (Emilio), Ignacio Vélez y nos hacía la cabeza.

Maza y Vélez, a fines de los sesenta, serán parte del grupo fundador de Montoneros.

Luego de su paso por el liceo, Manuel estudió biología en la Universidad Nacional de Córdoba.

—Ahí me invitaron a participar de una organización que se estaba formando y así terminé en Montoneros

***

—Mientras estábamos haciendo el túnel, cuando logramos sacar las baldosas nos encontramos con una losa. “Cagamos”, dijimos. Pero empezamos a rasquetear y era una losa blanda.

En sus memorias Gorriarán Merlo lo recuerda así: “Mientras preparábamos la fuga principal simultáneamente estábamos viendo una variante alternativa –siempre desde adentro hacia afuera– por si había algún problema con el plan principal y empezamos a hacer un túnel”.

Gorriarán Merlo habla de un Plan A y un Plan B pero Manuel lo recuerda diferente. Dice que llegaron a cavar más de un metro y medio, la humedad ablandaba las paredes del túnel y por eso ese plan se canceló.

—Igual ese túnel fue fundamental, porque después sirvió para guardar las armas y los uniformes que se entraron para la fuga.

Mientras habla del tiempo que estuvieron con aquel proyecto. Manuel recuerda a Toschi y se le ilumina el rostro.

—Era un personaje de la puta madre, hacía jodas todo el tiempo.

Gorriarán en sus memorias afirma que cuando se confirmó desde el exterior que iba a  concretarse la fuga copando el penal, la idea del túnel se descartó.

Manuel está seguro de que para el segundo plan de fuga fue fundamental la parla de Marcos Osatinsky. El dirigente de las FAR se acercaba a la reja y conversaba con los guardias.

—Algunos eran un bloque impenetrable pero hubo uno que le dio bola. Un tipo que cargaba un resentimiento muy grande contra la institución porque le habían negado ascensos.

Se trataba del guardiacárcel Carmelo Fazio.

—El pelado Osatinsky empezó a hacer un laburito fino, hasta que lo terminó convenciendo –Manuel estampa un puño sobre la otra palma–, por supuesto, poniendo guita.

El dinero de la fuga, según Manuel, lo aportó el ERP porque tenía prácticamente toda su jefatura en Rawson.

—Para ellos, la fuga era clave. Montoneros, en cambio, no puso un peso. La conducción nos dijo “miren muchachos, ustedes quieren participar de la fuga, participen, pero nosotros no tenemos mucho para aportar. Cuando tomemos el poder los vamos a dejar en libertad”.

Al guardiacárcel Facio lo pusieron en contacto con integrantes de las organizaciones fuera del penal para entrar armas y uniformes.

Gorriarán Merlo muestra admiración por ese guardia en su relato de los hechos: “Nosotros hablamos con Facio para que nos entrara armas y, al menos, un uniforme militar. Y lo hizo con una audacia bárbara; entraba, en cada guardia que le tocaba, pistolas desarmadas”.

El único preso por fuera de las organizaciones guerrilleras que supo del proyecto de fuga fue Agustín Tosco, el líder sindical que había llegado a Rawson en abril del 72.

—Era como un Dios para nosotros. Tengo la imagen de un gringo grandote que hablaba y hablaba en medio un círculo de gente.

La historia oficial dice que el secretario general de Luz y Fuerza no se sumó a la fuga porque consideraba que de allí lo iban a sacar los compañeros. En sus memorias, Gorriarán cuenta que cuando le comunicaron de la fuga simplemente preguntó en qué podía ayudarlos y le pidieron que se encargara de “contener a la gente de los pabellones de presos comunes”. La idea era que él intentara evitar que ellos se fuguen.

El martes 15 de agosto de 1972 era el Día D. A Manuel le asignaron, junto con Ricardo Haidar –también de Montoneros– la tarea de reducir al jefe del penal.

—Sabíamos que el tipo tenía debajo del escritorio un palo con una punta doblada, de esos que usan los pescadores para clavar el pescado y subirlo al bote. Parece que el tipo imaginaba que alguien lo iba a amenazar con una pistola y todos los días hacía este entrenamiento –Manuel se para y, como si tuviese el palo en una mano, simula atacar a una persona–. Decían que a sus subordinados les hacía poner una protección de metal para practicar el movimiento y a veces los lastimaba.

El plan era que Haidar sacara el arma y cuando el militar intentara agarrar su palo, Manuel lo detuviera.

—Practicamos durante meses, pero cuando entramos al despacho el tipo no estaba, había salido. Fue todo al pedo.

Entonces, Manuel y Haidar fueron a la cuadra donde dormían los oficiales y guardiacárceles.

—Los sacamos de las camas y los atamos. En ese momento escuchamos los disparos. Nos quedamos helados porque todavía estaban copando las guardias de arriba.

Un grupo se encontró con un puesto de vigilancia externo y mató al guardia Juan Gregorio Valenzuela en una ráfaga de tiros.

—Fue la gorda Lesgart (Susana). Se arrebató. El que tiene mucho entrenamiento, lo primero que hace es manotear el arma, es un reflejo. Lo que hay que hacer es pegar un grito para romper ese reflejo. Pero con el nerviosismo que había, la gorda disparó.

En ese momento, otro grupo ya tenía reducido al jefe del penal y lo obligó a distender la situación.

—Cuando llamaban de las otras torres, les decía “tranquilos, se escapó un tiro acá abajo”, mientras tenía una pistola acá —Manuel se señala la sien simulando un arma con una mano.

A las 18:30, los prisioneros tenían el control de la mayoría de los puestos de vigilancia, las garitas, las puertas y los dormitorios.

La fuga estaba planificada por orden jerárquico, seis jefes de las organizaciones se irían en un Falcon. Eran Santucho, Gorriarán Merlo, Osatinsky, Fernando Vaca Narvaja, Roberto Quieto y Domingo Menna, además de Carlos Goldenberg, un militante de las FAR que hacía de chofer. El resto, más de 100 presos, formaron una fila a la espera de unos camiones que los llevarían hasta el aeropuerto de Trelew. Desde el penal tenía que hacerse una seña para dar la orden de ingreso a los vehículos. Pero sólo entró el auto. El conductor del primero de los camiones malinterpretó la señal y les indicó a los otros choferes que se volvieran porque la toma había fracasado.

Los seis jefes guerrilleros y Goldenberg salieron en el Falcon. “Llamen autos del pueblo”, le sugirieron al resto de los amotinados mientras se iban. Desesperados y a contrarreloj los presos llamaron tres taxis en los que subieron 19 prisioneros.

—Los demás nos replegamos. Estábamos armados hasta los dientes. Yo andaba con un FAL. Pensábamos que nos iban a liquidar a todos. De hecho, el jefe del Quinto Cuerpo del Ejército en Bahía Blanca tenía los aviones listos para bombardear el penal hasta que quedara piedra sobre piedra. Pero desde Buenos Aires no lo autorizaron. Al final, dejamos las armas en las entradas de los pabellones y nos encerramos cada uno en su celda. Los tipos fueron puerta por puerta, nos llevaron a los baños y nos pegaron un cagadón. Golpes, patadas, de todo.

***

Quedaron incomunicados en celdas individuales, donde entraba una cama y no mucho más. Aprendieron a comunicarse por señas. Así se enteraron de que los seis jefes del primer auto pudieron secuestrar un avión comercial para escapar a Chile y que los otros 19 compañeros no habían regresado al penal de Rawson porque habían sido trasladados a la Base Almirante Zar de Trelew.

Lanusse le reclamó al gobierno chileno de Salvador Allende que deportara a los fugados pero el líder socialista se negó. Entonces, el presidente de facto argentino dio la orden de ejecución.

—Ahí se me vino el mundo encima.

El 22 de agosto de 1972, Manuel supo por las señas de sus compañeros que los detenidos en Trelew habían sido fusilados por las Fuerzas Armadas. Los muertos eran 16: Alejandro Ulla, Alfredo Kohan, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Alberto del Rey, Carlos Astudillo, Clarisa Lea Place, Eduardo Capello, Humberto Suárez, Humberto Toschi, José Ricardo Mena, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas, Mario Emilio Delfino, Miguel Ángel Polti, Rubén Pedro Bonnet y Susana Lesgart.

—Se corrió la bola de que empezáramos a gritar, a putear, para descargar la bronca. Los guardias pasaban, nos hacían señas, se burlaban.

Con el correr de los días, las señas comunicaron una buena noticia, había tres sobrevivientes: Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar.

***

—A partir de ahí vivimos una puntita de lo que iba a ser después del 76. Pedías para ir baño y no te daban bola. Meabas en el jarro y lo tirabas por la ventana. Se acabaron los abogados, se acabó todo. Así fueron los primeros días.

Si hacía falta un escarmiento, el penal tenía una habitación que llamaban “el chancho”.

—Era una celda completamente cerrada, te tiraban baldazos de agua y ahí te dejaban. No podías ni acostarte en el suelo por el frío que hacía. Te dejaban dos, tres días, el tiempo que se les ocurría.

Fueron meses de encierro y soledad, con torturas físicas y psicológicas.

—Hubo un bajón. A mí me salvó hacer cosas con miguitas de pan –Manuel junta los dedos de cada mano y los mueve como si tuviese plastilina–. Hacía muñecos, descargaba a través de las manos.

Hasta que un día las puertas se abrieron.

Fue el 25 de mayo de 1973. Se terminaban 18 años de proscripción al peronismo. Héctor Cámpora asumía como presidente sin fuerzas políticas prohibidas, algo inédito en el país desde 1955. Fue también un triunfo de las organizaciones guerrilleras que lucharon contra la dictadura que se había proclamado a sí misma “Revolución Argentina”.

El mismo día que se calzó la banda presidencial, Cámpora dictó la amnistía para todos los presos políticos. Según Manuel, la sorpresa fue grande porque no tenían información ni dimensión de la realidad política.

—Nos dejaron salir caminando. No entendíamos nada. Los guardias miraban cruzados de brazos, estaban tan desconcertados como nosotros. Afuera había gente esperándonos. Habían traído uno o dos aviones, así que nos subieron y fuimos a Ezeiza.

Manuel llevaba dos años preso. Tiempo en el que la militancia y la participación política, sobre todo en la Juventud Peronista, habían crecido de manera notable.

—Cuando llegamos no lo podíamos creer. Era uno de esos momentos en los que decís: “esto es algo que uno tiene una vez en la vida”. Fue un momento de gloria. No teníamos idea de lo que era la militancia afuera. Cuando se abrió la escalerilla, no se vía la pista, era una marea humana… lo cuento hoy y todavía me emociono, no sabés lo que era —pasaron 44 años y a Manuel aún se le quiebra la voz—. Pero nos duró poco, menos de tres meses.

***

Al volver a Córdoba, Manuel continuó en Montoneros. Pero ya nada fue lo mismo:

—Cuando lo matan a Rucci, fue un golpe para mí. Y después la organización cometió el error más grande que fue seguir la lucha armada con un gobierno democrático. Nos guste o no, Isabelita era un gobierno democrático.

Para 1975 regía en todo el país el decreto de aniquilamiento de la subversión. La Triple A perseguía cualquier guiño a la izquierda. Más adelante la represión pasó a manos del Comando Libertadores de América.

En desacuerdo con la conducción de Montoneros y perseguido por fuerzas militares y paramilitares, Manuel abandonó la organización.

—Tuve un exilio interno, ocho años enterrado en Concepción del Uruguay, en una estancia que era de un hermano de mi compañera. Todos los exilios son malos, pero el interno es el peor de todos. Estás con mucha adrenalina porque esperás que en cualquier momento te vengan a buscar.

Con el regreso de la democracia regresó a Córdoba. Trabajó de albañil, instaló durlock e hizo de todo para sostener a su familia. Según explica, por falta de tiempo no tuvo muchos contactos con los organismos de Derechos Humanos.

—Yo tenía mi vocación que era esto –con una mano señala una de las bolsas con semillas.

Y fue en la agroecología donde canalizó su participación política, desde el Aproas (Asociación Pro Defensa del Medio Ambiente Serrano).

—Hace más de 30 años que peleamos por lo mismo que ahora: incendios, inundaciones, quemas de basura, avance sobre el monte, lo mismo, lo único que ahora es mucho más grave. Estamos en la pelea contra los venenos.

Las semillas resultaron el germen de su militancia, tras el encierro, la tortura y el desencanto.

 

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