¿Adelante de ellos?

Rosana Guber | Especial para Salida al Mar

La antropóloga cuyo nombre es sinónimo de método etnográfico escribe un texto sorprendente. Un episodio personal sirve para analizar nuestra relación con Las Malvinas y los héroes que lucharon por ellas.

 

Esto pasó hace ya tiempo, pero a veces una cede a la tentación de revisar lo que hizo por impulso, lo que superó sin saber cómo, lo que por milagro ayudó a que una esté todavía aquí, de este lado del mundo. Fue para el 29 aniversario y sucedió en la capital argentina, en la ciudad de Buenos Aires. Era 1° de mayo del 2011 y fui a Retiro, donde el puerto y el tren se abrazan al pie de la barranca. Junto a la terminal de ómnibus, una de las villas miseria más antiguas de la ciudad y, a su lado, las sedes del Estado Mayor de la Armada y de la Fuerza Aérea, y la iglesia del Vicariato castrense, la de Nuestra Señora de la Stella Maris, patrona de los marinos.

Hacía ya cuatro años que venía tratando de entender por qué Tony Zelaya, que en 1982 fuera capitán de una escuadrilla de caza de la V Brigada Aérea de Villa Reynolds, en San Luis, pensaba que yo, como antropóloga, podía escribir algo interesante acerca de “los verdaderos halcones de Malvinas”. Tony y los demás miembros de los dos escuadrones (formados cada uno por cuatro escuadrillas de cuatro miembros), además del jefe de Escuadrón, afirmaban el valor de sus acciones entre el 1° de mayo y el 13 de junio de 1982 durante el conflicto anglo-argentino conocido como la Guerra de Malvinas. “Valor” en un doble sentido: por serle redituable a las fuerzas argentinas (hundimientos y puestas fuera de combate de buques destructores, misilísticos y logísticos británicos) y por demandarles un coraje extraordinario para actuar contra la segunda fuerza de la OTAN en un medio que había pertenecido, desde 1955, a la jurisdicción político-militar argentina de los marinos, el medio aero-naval.

Mi investigación trataba sobre un sector de la única fuerza armada argentina que ganó prestigio tras la guerra. La sección dedicada a pilotear los aviones norteamericanos monoplaza A-4B Skyhawk, había comenzado hacía 3 años y, pese a que anteriormente había escrito algo sobre los aeronáuticos, no demoré en darme cuenta lo que me faltaba aprender. Como parte de mi aprendizaje residía en la asistencia a los actos conmemorativos, supuse que algo debía hacerse en los alrededores del Edificio Cóndor, sede del Estado Mayor de la Fuerza Aérea (en adelante FAA), o al menos en el Cenotafio (tumba vacía) de la Plaza San Martín, donde están grabados en 25 placas de granito los nombres y apellidos de los 649 argentinos muertos en la guerra. Además del día mundial de los trabajadores, el 1° de mayo es una fecha cara a la FAA que lo considera su Bautismo de Fuego, la fecha en que por primera vez la Fuerza del aire entró en combate contra un enemigo externo.

Pero aquella mañana todo estaba tan desierto y desapacible como una mala metáfora del impiadoso clima del Atlántico Sur y sus territorios insulares. Y allí estaba yo. En Buenos Aires, en la zona de Retiro, buscando algún indicio. Así que, cuando no encontré nada frente al Cóndor, hice lo que otras veces: darme una vuelta por el Cenotafio, donde siempre hay alguna novedad y alguna cosa que antes no vi, además de alguna corona, alguna flor, algún deudo, aunque las placas sean las mismas, el orden de los difuntos sea el mismo, y apenas cambie, cada tanto, el color del muro sobre el cual se refleja la Torre de los Ingleses, el monumento que la comunidad británica de Buenos Aires le regaló, a modo de Big Ben criollo, al gobierno de la Ciudad por el centenario del 25 de mayo de 1810.

El Cenotafio está cavado en y al pie de la barranca de la Plaza San Martín, sobre la Avenida Libertador. Puerto, trenes, colectivos de corta, media y larga distancia, edificios de oficina, hoteles de cinco estrellas. Aquel día sólo se percibía la quietud de un día feriado y una mañana lloviznosa, gris.

Pasé por la puerta entreabierta del enrejado, una de las novedades que algún gobernante hizo disponer ya en este siglo. No había guardia de honor como en las jornadas laborables y en los 2 de abril, aniversario de la “recuperación” del ’82, cuando el monumento se habita de fanfarrias, delegaciones de las fuerzas armadas y de seguridad, ex combatientes, veteranos de guerra y público en general. Esa mañana no había transeúntes ni turistas ni familias ni flores ni coronas. Sólo garúa y viento entre el muro de los caídos y yo.

A modo de íntimo homenaje me dediqué a sacar fotos a las placas de los 9 que habían partido definitivamente de Río Gallegos a bordo de sus A-4B. Recorrí las placas y encontré a Tito Gavazzi, a Manuel Bustos, al Vasco Ibarlucea, a Mario Nívoli, a Lucho Guadagnini, al Ruso Bolzán, al Turquito Arrarás y a Alfredo Vázquez. Eran 8 y me faltaba Hugo Ángel del Valle Palaver, el mayor de todos y un gran amigo de Tony. Hice dos pasadas de ida y vuelta más, revisando de arriba para abajo y de abajo para arriba, pero sin resultado. Como sabría después, Palaver estaba ingresado no por su apellido sino por Del Valle que era parte de su nombre. Supuse que lo descubriría en las fotos ya tomadas y como la llovizna se estaba volviendo franca lluvia, pegué la vuelta para irme.

Casi pegado a mí había un hombrecito raído y mojado que me dijo:

-Dame el celular.

-No tengo.

Contesté (lo había olvidado en casa) y, apenas pude ver su mano derecha enfundada en su campera mientras pensaba “¡Y así es como termina una investigación antropológica!”. Pero, de pronto, me reconocí en una fecha, un lugar y una ocasión tan solemnes, que la situación me pareció ridícula. Trabajo de campo y también mi homenaje quedaban ahora ultrajados por un vulgar asalto y sin testigo alguno. Sólo la bandera que golpeaba contra el viento.

-Dame eso que tenés –dijo entonces el asaltante refiriéndose a mi maquinita fotográfica estándar con fotos sin valor que podía volver a tomar en cualquier otro momento.

Entonces debe haberme envuelto una indignación suprema porque, como quien calibra una situación lisa y llanamente inaceptable, le dije con un grito medido que se parecía más a un reto que a un susto:

-¡Vos no me podés hacer esto adelante de ellos!

Y, señalándole las placas a las que repasé en su amplitud como si estuviera mostrándole un paisaje, le repetí:

-¡Vos no me podés hacer esto adelante de los muertos!

El hombre entonces bajó la cabeza, dio media vuelta, se levantó lo que más pudo el cuello de la campera y se fue a paso veloz y con una reacción que me parecía tan increíble como lógica hasta el punto que me pareció que se decía a sí mismo: “¿Qué fue lo que hice?”, mientras se perdía entre los árboles. Entonces enfilé en dirección contraria con tanta seguridad que nunca miré hacia atrás ni tampoco apuré el paso.

Sólo una semana después el fotógrafo francés Laurent Schwebel fue asesinado en el mismo sitio, haciendo lo mismo que yo—sacando fotos—en una mañana soleada y con numerosos testigos en plena jornada laborable.

¿Por qué nuestros finales fueron tan distintos? Cualquier respuesta conllevaría los beneficios del post-hoc que, suministrada por mí, aún viva, trasuntaría mi arrogancia. No puedo ni quiero serlo: por humanidad, por respeto, por analista social. Sólo Dios sabe, en ultimísima instancia, por qué la suerte me acompañó y no terminé acribillada en el suelo sin poder concluir, al menos, mi investigación.

Hoy, años después, cuando la situación callejera de mi ciudad se ha vuelto mucho más cruel y patética, me animo a realizar algunos ejercicios de interpretación, una interpretación comparativa según todos aquellos a los que les comenté el incidente y, en algún momento de su respuesta, me miraron fijamente como entre espantados y sorprendidos.

 

 

Hipótesis 1: “Tuviste suerte”.

Esta interpretación parece la más terrenal y, mirada en retrospectiva, la más realista. Ciertamente tuve mucha suerte en que el hombrecito no estuviera “dado vuelta” o “quemado”, drogado y fuera de sí, como para importarle un bledo mis palabras. A diferencia del pasado, actualmente se mata por nada en las ciudades argentinas, y lo único que parece protegernos es la suerte y/o el mismo Dios.

Como decía más arriba, “sólo Dios sabe”. Quien así piensa afirma, al mismo tiempo, que su sabiduría es inaccesible para los humanos. En la categoría de “humanos” participan los agentes del Estado. Si “sólo Dios sabe”, es porque el Estado no: ni me protege ni verá de hacer algo para protegerme, pues quienes forman parte del Estado no saben qué ni cómo hacer, ni mucho menos por qué suceden las cosas. Es verdad que decir “tuviste suerte” es apelar a una serie de factores que, adecuadamente conjugados, hicieron que yo tuviera la fortuna de no ser asesinada, ni siquiera rozada por mi atacante. Los creyentes—tanto sean cristianos, judíos, musulmanes y new age con distintas dosis de budismos y causas energéticas—suelen hablar de cAUsalidad, no de cASualidad.

La guardia de honor del Cenotafio sólo funciona en horarios hábiles de los días se semana, y no se dispone de ella cuando una fecha malvinera cae un sábado, domingo o feriado: 2 de enero, día de la usurpación británica de 1833; 1° de mayo, comienzo de las acciones armadas entre Gran Bretaña y la Argentina, y bautismo de fuego de la FAA, ambos en 1982; 2 de mayo, hundimiento del Crucero ARA General Belgrano en 1982, y fecha de la mayor cantidad de bajas en el conflicto (323 de los 649); 10 de junio, designado en 1974 como Día de la Soberanía argentina sobre Malvinas, Islas del Atlántico Sur y sector Antártico, tomado del 10 de junio de 1829 cuando Luis Vernet fue investido Comandante político y militar de las Malvinas, Tierra del Fuego, Isla de los Estados y adyacentes, por el gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez; 14 de junio, día de la capitulación argentina ante el Reino Unido, en 1982.

Entonces, la ausencia de guardia o vigilancia ante el muro con las placas propicia el merodeo oportunista de un sector de la vecindad que es el que muy probablemente se aloja en la villa miseria que bordea y encierra a la Terminal de Ómnibus, la 31. ¿Es esta afirmación políticamente incorrecta? No importa ¿Es acaso prejuiciosa? No, no lo es. Conocí a los pobladores de una villa miseria de Avellaneda, al sur del Conurbano bonaerense, entre 1982 y 1988. Aquella es, como ésta de Retiro, una de las más antiguas del país, pues ambas se formaron de cara al Puerto de Buenos Aires y al trabajo de la estiba. Trabajé en Villa Tranquila durante seis años y llegué a residir allí por unos meses en 1984. A sabiendas del agravamiento de las condiciones económicas y urbanas, y los paliativos con que gobiernos y partidos políticos intentan ganar votantes mientras siguen excluyendo a estos vecinos de condiciones dignas de vida y de trabajo, ya en los ’80 muchos de mis interlocutores “villeros” me observaban críticamente mi corrección político-social y lo que saben que se dice de ellos. Por un lado afirmaban que la “mala junta”, “los chorros”, “la gente mala” se escondía en la villa, donde vive gente buena y trabajadora, aunque es cierto que en la villa “hay de todo”. Acto seguido, llegaba una vecina para contar que el hijo de Fulana le había robado unas zapatillas que estaban para secarse, y que ella lo sabía porque el pibito andaba en cosas raras y la junta de él era Menganito que andaba en la pesada. Es decir: “el dato etnográfico” era aquí que “la gente mala” no sólo se escondía en la villa; también nacía y crecía en ella, y las vecinas, la que hablaba y la que escuchaba, sabían esto muy bien. La antropóloga, obviamente, no.

Me costó bastante sacarme de encima ese modo “bien pensante” de antropóloga “progresista” y humanitaria que hacía lo posible por sostener sus propios prejuicios redentores del buen pobre, el inocente y pura víctima. Todos mis interlocutores en Villa Tranquila sabían, y saben, que las cosas son más complejas y, también, más amargas y decepcionantes que lo que los académicos estamos dispuestos a admitir. Esos niveles de exclusión -claro que hablo de los pobres, no de los ricos que viven en las villas- se exacerbaron con el ingreso de la cocaína y otros elementos donde, ciertamente, hay normas y procedimientos que se cumplen a rajatabla bajo estricta pena de muerte. Y esa pena de muerte se derrama hacia el exterior de aquel perímetro urbano para alcanzar al último eslabón de la cadena de la producción y la reproducción de aquel sistema ilegal: los transeúntes que, como el fotógrafo francés y como yo, pueden facilitar recursos.

Así que Dios y la suerte me acompañaron, pero no dejan de encarnar una fórmula que, si uno escucha bien o lee la entrelínea, denuncia la inacción de quienes deben regir, custodiar, y también investigar (des-prejuiciadamente) los espacios y las políticas que reproducen las fragmentaciones socio-residenciales.

 

 

Hipótesis 2: “No tenía nada”.

Fue ésta una interpretación que casi no escuché, pero estuvo presente en las reacciones a mi cuento. Creí entonces plausible que el hombrecito no estaba armado, pero si realmente pretendía apoderarse de mi máquina fotográfica me la hubiera manoteado o hubiera ejercido violencia física de algún tipo ¿Total? No había un alma y escasos autos. Eran las 9 de la mañana de un día feriado y horrible. Siendo él un hombre y yo una mujer, aunque de la misma altura y yo algo mayor, podría haber tratado al menos de arrebatarme la cartera. Pero no lo hizo. En vez, se dio media vuelta ni bien yo completé por segunda vez mi reto.

 

 

Hipótesis 3: “Apelé a un valor humano” y “lo traté como a una persona”.

Estas dos respuestas fueron muy habituales entre los estudiantes de mis cursos de método etnográfico. El “valor humano” se refería a la deferencia y al temor a los muertos, y el “trato como a una persona” implicaba dirigirme a él en tanto prójimo, es decir, no como a una bestia, un monstruo, un otro inconmensurable. Me reconocí, ciertamente, en ambas respuestas aunque conviene no olvidar algunos ingredientes: a) la anécdota era presentada por una mujer que había salido victoriosa de los avatares del destino (estaba frente a ellos, no en un hospital o en un cajón); b) esa mujer era una antropóloga; c) esa antropóloga era docente de método etnográfico, es decir, de cómo trabajar con la gente para conocerla en sus propios términos; d) esa docente no suele exhibir peripecias personales que no contribuyan, en su leal saber y entender, al tema del curso que los convoca; e) esa docente tiene cierta inclinación a los enfoques situacionales y etno-metodológicos según los cuales los datos no están previstos por un cuestionario ni están allí para ser “recolectados” sino, más bien, los datos son producidos conjuntamente por los investigadores y los “investigados”, y es en función de la situación lo que los vuelve valiosos.

Mis estudiantes supieron, como se dice, “cazarme al vuelo” y entendieron adónde estaba apuntando. Después de contarles mi anécdota los estaba invitando a ensayar alguna interpretación, es decir, a darle sentido. Pero, tratándose de un curso de antropología y ciencias sociales, ese sentido no sería uno asociado a la trascendencia sobrenatural (distinto, por ejemplo, de lo que hubiera sucedido en el sermón de una misa). Y, además, como mi curso no trataba sobre el Estado y su retiro en tiempos neoliberales (tema habitual de cursos de ciencias políticas, economía y sociología), sino sobre el método etnográfico que anuda a investigadores y a sujetos sociales diversos, mi audiencia respondió acertadamente, quiero decir, en la línea que yo y la situación de clase les estábamos proponiendo: aprender a entender y a conocer tal como nuestros interlocutores entienden y conocen.

 

Hipótesis 4: Todo lo anterior + “los héroes de Malvinas”.

Las interpretaciones de mis familiares, conocidos, estudiantes e incluso las de los pilotos de A-4B y sus familiares, cuando les conté lo sucedido tuvieron relación con las tres hipótesis precedentes. Pero ninguna se detuvo en la especificidad de la situación narrada: a) ocurría frente a las placas, en el reducto vallado del cenotafio que, por ser horario diurno, tenía la puerta abierta y por ahí entramos yo primero y mi asaltante después; b) mi asaltante me liberaba y se retiraba después de mi reto; c) mi reto incluía a los 649 que estaban grabados en las placas, los caídos en la guerra ¿Cuál fue, en todo el episodio, el lugar de mi reto en esos y no en otros términos (por ejemplo -¿Por qué querés mi máquina si no es tuya? –Yo estoy haciendo mi trabajo, ¡no me robes mi trabajo! ¿No te da vergüenza andar robando? ¿No te da vergüenza robarle a una mujer? ¿Pensaste que puedo ser tu madre? Etc.). Ciertamente, apelé a su condición humana diciéndole que no podía hacer lo que estaba haciendo, pero no me refería al robo sino a su naturaleza de simple mortal y, de paso, a quienes estaban allí. No me refería a la policía, que no estaba, ni a la guardia de honor, que tampoco, ni a los transeúntes, que preferían estar en otro lado esa mañana. Me refería a quienes habían muerto 29 años atrás, a quienes no estaban más y sin embargo allí estaban, 649 apellidos-nombres que, a través mío, se convertían en el tribunal supremo de la escena.

El hombrecito, que pudo tener alguna duda de si sería castigado por el orden sobrenatural, de todos modos entendió algo más importante y es lo que no apareció en ninguna de las respuestas que obtuve (respuestas proferidas fuera de la situación y, por lo tanto, del monumento): que aquel cenotafio que parecía solitario y olvidado, era reconocido y sabido por él. Mi asaltante sabía que ese era un monumento funerario y también sabía que ese monumento funerario guardaba la memoria de personas de valor, de entrega y de coraje. No Estado; no Policía; no Fuerzas Armadas; sólo combatientes que cayeron en la guerra de Malvinas de 1982.

El hombrecito, mi asaltante, probablemente un vecino de la Villa 31 entendió que no podía hacer lo que estaba haciendo frente a todos ellos. Sé que tuve suerte, pero esa suerte estuvo enfundada en un saber que yo llevaba conmigo y que puse en acto: sabía quiénes estaban allí, sabía de la reverencia que inspiran en la mayoría de la gente; y sabía cómo es (o era) la gente que vivía en las villas miseria, porque yo estaba en Villa Tranquila con Doña Silveria cuando las dos nos enteramos de la “recuperación de las Islas Malvinas” en la mañana de aquel famoso 2 de abril del ‘82, y ella me miró y me gritó con los ojos desorbitados, pronunciando con fuerza la V como hacen los correntinos y los chaqueños: ¡¡¡¿LAS MAL-VI-NAS?!!!! Y mientras Silveria se sorprendía y se asustaba, yo tomaba la noticia como un (mal) analista político, pensando para mis adentros que se trataba de un manotazo de ahogado de un gobierno que pretendía perpetuarse en el poder y que no merecía mucha más atención. Y mientras yo le restaba importancia a lo que ya sería una guerra, Silveria habló de Cachito, su penúltimo hijo, que acababa de zafar del servicio militar por número bajo pero que lo podían incorporar, nada menos que para contener a los ingleses. Silveria, con sus 50 años, una de las tantas litoraleñas que habitaban Villa Tranquila, y que trabajó buena parte de su vida como empleada doméstica, entendió rápido el peligro. Yo, con mis 25, era una de las tantas universitarias que merodeaba por el mundo de los pobres, sin haber pasado “necesidades básicas insatisfechas”. Sí y principalmente algunas guerritas ideológicas con algunos profesores y mi inclinación por la antropología social, que no formaba parte del plan de estudios de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Como me pasó y me pasa habitualmente, yo no entendí que se trataba de una guerra inminente y tampoco entendí qué era una guerra internacional. Y creo que muchos de mis amigos y compañeros de entonces tampoco lo entendían. Quizás fue por eso que unos años después decidí internarme en el mundo malvinero, a ver si lograba comprender un elemento diagnóstico de mi país y que excedía con mucho a los ingleses: la lógica de guerra que sostenemos los argentinos.

 

Releyendo el incidente, conviene no olvidar lo que los especialistas llaman “el valor performativo del lenguaje”. Es decir, además de las placas, el reto. Cierto que el hombrecito sabía quiénes estaban en las placas y que ese lugar le pertenecía a Malvinas. Sabía lo suficiente como para cambiar de actitud, cosa que hizo no frente a las placas mudas sino cuando fue advertido de esa presencia por mi “grito con palabras”, que él interpretó no como un acto de desesperación sino de reprensión. En forma y en contenido yo le había dicho que él no podía hacer lo que estaba haciendo justo ahí y frente a ellos. Él entendió su ofensa y entonces se fue. Pero no se fue corriendo. Debió suponer que yo no buscaría detenerlo ni llamar (vanamente) a la policía, y estaba en lo cierto. Sólo le había dado una lección acerca de su extraordinaria pequeñez y ruindad frente a esos apellidos-nombres vociferantes en la inmensa estatura de la piedra y de la historia.

Es que tampoco yo me fui corriendo. Él no huyó ni yo tampoco.

Al tratarlo como un igual en lesa falta, mi reto cambió nuestra distancia. Cerca, casi pegado a mí al asaltarme, era un Otro ajeno de existencia enemiga e inhumana. Pero ni bien se alejó como avergonzado, se incluyó en mi mundo y yo en el suyo, y el muro de los 649 nombres se volvió un testigo monolítico e implacable, como este artículo es un exponente de su memoria.

 

No sé si bajo la campera guardaba la misma faca que terminaría con Schwebel. Pero supongo, por lo que él me hizo a mí y yo pude hacerle a él, que la aspiración de una comunidad a la Seguridad debiera tener algo que ver con la aspiración a ser partes iguales de una misma comunidad moral. Los 9 que busqué aquella mañana, junto probablemente a la gran mayoría de los 640 restantes, deben haber creído firmemente que Malvinas era parte de esa totalidad.

 

Fin

Rosana Guber estudió antropología en la UBA. Cursó su nivel de maestría en FLACSO, luego en la Johns Hopkins University, donde también se graduó como doctora en antropología social. Es investigadora principal del CONICET y su lugar de trabajo es el IDES, en Buenos Aires.

Aun cuando da clases en nivel de maestría y doctorado, enseña las actividades más simples, pero al mismo tiempo las más difíciles: enseña a mirar, a preguntar, a leer y a escribir. En sus clases hay lugar para el silencio, de ese que se genera cuando se piensa mucho. Cuando escucha a sus alumnos los mira fijo a los ojos y, también ahí, callada, enseña.

Su nombre es sinónimo de método etnográfico, de la historia de la antropología argentina y de la memoria de Malvinas. Recientemente ganó el premio Konex, una de las mayores distinciones intelectuales del país.

 

Salidaalmar

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