Bestialidades civilizadas | Análisis

Por Gonzalo Assusa | Foto: Big Bang News

 

El nuevo presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, declaró con la sinceridad de costumbre que los niños en situación de pobreza son como “animalitos salvajes”. El odio de clase frente a un micrófono.

 

La antropología imperial del siglo XIX, al servicio de la corona británica, escribió su propia clasificación evolutiva de la humanidad en tres etapas: las sociedades salvajes, las sociedades bárbaras y las sociedades civilizadas.

La tradición de la aristocracia argentina ha sido la de catalogar los grupos y expresiones populares en la segunda categoría, inventando una versión local del choque cultural: civilización y barbarie. Si jugáramos a continuar la escala antropológica en dirección al subsuelo de la evolución, traspasando lo más bajo del mundo humano, llegaríamos a la fauna. Primero a los animales tocados por la mano de la civilización (domesticados), y por último, en el infierno de la insignificancia evolutiva, a los animales salvajes. Si a eso se le agrega el uso de un diminutivo -que funciona siempre como un potenciador superlativo de los insultos y las descalificaciones-, las declaraciones de González Fraga [ver video] relegan a los históricos del conservadurismo nacional a un mero rol de moderados en la jerarquía del desprecio por los inferiores.

[En el minuto 37.34 pueden escucharse las declaraciones de González Fraga]

***

Dicen que no alcanza. Que “les hicieron creer que podían”, pero que en realidad no pueden, no deben y ni siquiera deberían querer (comprar, tener, salir, gozar). Cada vez que le ponen un micrófono al frente González Fraga habla desde esa cúspide de la evolución humana observando hacia abajo. No tiene más opción: por encima suyo, nada podría ver.

Su mirada encumbrada es heredera de lo más avanzado del evolucionismo liberal. En 1987 la premier británica, Margaret Thatcher, afirmaba que “La sociedad no existe. Hay individuos, hombres y mujeres y hay familias”. Durante muchos años sus aliados del otro lado del Atlántico y colaboradores del régimen pinochetista enseñaron en las escuelas de economía que la desigualdad es un falso problema, producto de una combinación de incompetencia y envidia de los de abajo contra los exitosos. Es claro: si la sociedad no existe, la desigualdad no puede ser algo preocupante.

Lo que sí era y es un problema para los Chicago boys es la pobreza. Para resolverla, los neoliberales de antaño firmaron la paz con la “injusticia social” para inventar la “teoría del derrame”. Este modelo decía que si se produce la suficiente riqueza, en algún punto la copa rebalsa y el bienestar les llega a los de abajo. La teoría nunca se demostró en la realidad, pero para la economía neoclásica nunca fue necesario demostrar absolutamente nada: simplemente dictan cómo se debe actuar. Los neuroliberales argentinos de nuestra era, herederos y mutantes evolutivos de este pensamiento, han pergeñado su propio programa de “pobreza cero” y su mentada “revolución de la alegría”. El problema es que, a fin de cuentas, atrasados y resistentes al cambio como son, los pobres se empecinan en seguir existiendo. Y existen, pero no alcanza con que existan: tienen que producir. González Fraga lo explica sin vergüenza y sin miedo a la duda: “habría que ver cuán pobres son los pobres”. No  alcanza con ofrecer trabajo, porque no saben y no van a servir. No alcanza con educarlos, porque no quieren, porque no pueden, porque detestan ser educados, por el hambre que tuvieron, por el resentimiento que si todavía no tienen ya pronto tendrán, y porque sus cerebros fueron “marcados”, como en una yerra, como con una vaca, con el hierro candente de la vida que les espera.

Y no alcanza con señalarles la marca. Deben saber con plena certeza que tampoco son capaces de planificar ni dignos de querer. Porque las buenas familias de gente como González Fraga se casan y tienen hijos por amor y por nada más. No fue para ellos que Silvio Rodríguez escribió “Busca amor con anillos y papeles firmados y cuando dejes de amar ten presentes los hijos, no dejes tu esposo, ni una buena casa, y si no se resisten, serruchen los bienes -pues tienes derecho también— porque tú tenías lazos blancos en la piel, tú, tenías precio puesto desde ayer, tú, valías cuatro cuños de la ley, tú, sentada sobre el miedo de correr”. Más abajo en la escala evolutiva hay mera copulación y reproducción biológica; hay coger como conejos y amamantar como perras.

***

Las palabras de desprecio siempre encuentran gargantas de otros para hacer eco.

He escuchado a directoras de escuela decir que habían perdido su fe en la educación por culpa de “nuestras bestias” -“así les decimos”, me explicaban-, “que egresan, tienen un título, después son arquitectos, te construyen una casa y el techo se te cae encima, porque no saben nada”. Una profesora vigilaba los pasillos antes de entrar a clase: “es que, si no, las chicas se quedan besándose con los novios, y después terminan embarazadas, porque no piensan”. Nunca falta el dispuesto a dar testimonio contra sus propias vecinas que, efectivamente y sin el más mínimo beneficio de la duda, tienen hijos para aprovecharse y cobrar plata. Mirar sin ver más que impulsos sexuales y motivaciones dinerarias dice mucho menos sobre aquellos adolescentes que sobre los ojos de quienes miran.

Esa es la verdad triste de la teoría del derrame. Esas miradas y esos decires sí terminan por rebalsar la copa y llegar abajo, como cianuro en el agua. Y cuando menos lo esperamos, miramos a nuestros lados y escuchamos esos ecos: animalitos salvajes, pequeñas bestias, indios, matacos, pero en boca de nuestros pares, de nuestros docentes, de nuestros médicos, de nuestros amigos, de nuestros familiares. Y nos quedamos incómodos, sin palabras para para despotricar, porque el derrame nos salpica. Esta vez, a nosotros.

***

Tzvetan Todorov escribió que se puede amar sin comprensión y conocer sin amor, y que ambos caminos marcaron el destino de la humanidad. El encomendero español Bartolomé de las Casas llegó a amar a los indios americanos entre los que vivió, pero jamás llegó a conocerlos realmente. En sus antípodas, el conquistador Hernán Cortés logró cambiar pieles y comprenderlos a la perfección, aunque sin rastros de empatía. Si los conoció fue sólo para dominarlos mejor y quitarles hasta la última de sus pertenencias. El nuevo presidente del Banco Nación combina lo peor de ambos: la más burda de las ignorancias y la más cruda incapacidad para el amor, sin siquiera la dignidad de cruzar el océano de distancia social que lo separa de las criaturas a las que juzga.

Al salvaje no se lo educa ni se lo reconoce. Se le teme, se le mantiene a la distancia y, en el mejor de los casos, se lo observa con lástima, compasión y se lo domestica. Se le pone una correa, se le obliga a sentarse o echarse, se lo premia si cumple y se lo castiga si se resiste. Como Pávlov con su perro. Y en ese acto de generosidad civilizada, el animalito salvaje no deja de ser animalito. Solamente deja de ser salvaje.

El riesgo de escuchar a González Fraga como si fuese un monstruo es el mismo que el de pensar a los responsables de la dictadura cívico-militar del 76 -exclusivamente- como sujetos con un sadismo patológico: nos privamos de entender políticamente nuestra propia historia. El peligro de intentar comprender la monstruosidad de González Fraga es simétricamente opuesto: lograr, en algún punto, comprenderlo; mirar el abismo y que el abismo nos devuelva la mirada.

En los últimos doce meses llegamos a echar de menos la vergüenza (propia y ajena) como uno de los más poderosos catalizadores la vida social. Y es que González Fraga no es una desviación ni una anomalía, sino la más sana y normal expresión que el liberalismo evolucionista aristocrático puede ofrecer, con un grado de crueldad cuyo salvajismo sólo nace de lo más civilizado de nuestras sociedades. Este es el último devenir de la “teoría del derrame”. Las declaraciones poco felices de González Fraga y sus correligionarios son la emergencia de lo que sucede cuando ceden los paredones del dique y la putrefacción que contenían inunda el territorio nacional convirtiéndolo en una sola ciénaga: cuando el pudor de lo políticamente correcto se pierde, el más rancio de los odios de clase se derrama por sus fauces.

 

Salidaalmar

7 Comments

  • Eleonora 31 Enero, 2017 at 12:10 pm

    Qué sabor amargo que deja la verdad de tu texto. Una cachetada de lucidez.

    Reply
  • natalia 30 Enero, 2017 at 8:44 am

    Excelente. Profunda mirada de lo que nos sucede. Gracias. Lo comparto. Nati

    Reply
  • Guillermo 29 Enero, 2017 at 11:01 pm

    Simplemente diría que estos engendros de funcionarios no pueden ser catalogados de bestias, ya que ellas gozan de la sabiduría propia de cada especie.Bestias pueden llegar a ser algunos de los muchos que los votaron, creyendo que los hijos y/o nietos de los protagonistas de la década infame podrían mejorar los logros, imperfectos, de un gobierno popular.

    Reply
  • NorA Quinteros 29 Enero, 2017 at 10:54 pm

    Realmente muy bueno tu escrito ,me hace pensar y también me da temor a lo que podemos llegar como sociedad. “La putrefacción que contiene se derrama y convierte en una ciénaga el territorio nacional ” es muy fuerte. Gracias

    Reply
    • Gonzalo 30 Enero, 2017 at 5:52 am

      muchas gracias por leer y generar el encuentro acá.

      Reply
  • Ana Weht 29 Enero, 2017 at 9:49 pm

    Me gustó mucho lo que escribiste, has puesto en palabras lo que da vueltas en mi cabeza al escuchar el desprecio de Fraga!

    Reply
    • Gonzalo 30 Enero, 2017 at 5:53 am

      Qué bueno que haya gustado y haya servido poner en palabras, Ana. Gracias por compartir.

      Reply

Leave a Comment