Con el sudor de tu frente

Autor: Gonzalo Assusa | Fotógrafos: Carlos Cáceres y Sebastián Salguero

 

En tiempos de ensalzamiento de la meritocracia los discursos que llaman a lograr el éxito se convierten en acusatorios: sólo queda fuera del sistema aquel que no se apega a la Cultura del Trabajo. Una gran mayoría sabe que el esfuerzo a veces es sólo una manera de golpearse más fuerte contra la realidad. 

 

En el año 2002 Néstor Ibarra conducía el programa de televisión “Recursos humanos”. Se podía ver en Canal 13 de lunes a viernes a las siete de la tarde. Mucha gente elegía, dos competían, uno ganaba y uno perdía. Un artículo del New York Times contaba: “Otros países quizá tienen programas de TV que ofrecen un millón de dólares, un auto nuevo, o lujosas vacaciones en un clima tropical. Pero en esta nación de finanzas quebradas y sueños destruidos, los concursantes de un popular ciclo compiten por un premio cada vez más extraño y preciado: un trabajo pago”.

En abril de ese mismo año el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación creó el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados. En poco tiempo el programa incorporó 2 millones de beneficiarios a los que otorgaba 150 pesos mensuales.

En 2003 el presidente de Cáritas Argentina, obispo Jorge Casaretto, apareció en los medios preocupado porque “los planes sociales fomentan la vagancia”. Su advertencia hacía eco en un país con 17 por ciento de desempleo y 45 por ciento de pobreza. El día que Clarín publicó su declaración, el diario costaba $1,30, el litro de nafta $1,50, el kilo de asado de novillo $3,99 y un alquiler de dos ambientes en la Ciudad de Buenos Aires $500.

Trece años después, el presidente Mauricio Macri tomaba la posta en su discurso de apertura de la Asamblea Legislativa:

-Tenemos que alejarnos definitivamente de la viveza criolla mal entendida. Hay que cambiar la cultura del atajo por la cultura del trabajo y el esfuerzo que dignifica.

Por acción u omisión el Estado siempre crea y destruye trabajo. Da, quita, contrata, despide, homologa, prohíbe, promueve, fomenta y educa, con sus ministerios, sus agencias, sus leyes y sus programas. No lo crean solamente los gobiernos progresistas o populistas, ni lo destruyen exclusivamente los gobiernos conservadores o de derecha.

Al hacerlo no siempre resuelve ni dignifica ni incluye, pero sí divide el mundo. El trabajo sirve para separar la paja del trigo: este gobierno del anterior, lo bueno de lo malo, el que merece del que no, una vida de la otra.

 

El trabajo en la oficina

Un mostrador alto corta el paso. La fila se forma detrás. En uno de los edificios gemelos de tres pisos se amontonan los carteles de AFIP, ANSES, Aguas Cordobesas, Comercio e Industria, Espacios Verdes y otras dependencias públicas. Paredes de vidrio y afiches verdes distinguen la Oficina de Empleo en la planta baja. Detrás del monitor, de frente a la puerta, se sienta Sergio.

 

-Acá no había internet, no había impresora, no había papel, no había nada. Recién con Ramón empezamos a recuperarnos.

 

“Ramón” es Ramón Javier Mestre, actual intendente de la ciudad de Córdoba por la Unión Cívica Radical e hijo del difunto ex Intendente del Municipio, luego Gobernador de la Provincia y finalmente Ministro del Interior de la Nación, Ramón Bautista Mestre.

En la base de datos de esa oficina figuran 1800 inscriptos en distintos programas y en la bolsa de empleo. Sólo la mitad se capacita, termina la escuela, hace una pasantía.

Sergio, los ojos clavados en el monitor, enumera las planillas de inscriptos, activos, con beca, bajas y altas. Atropella con cifras que parece manejar de memoria:

– 1800 inscriptos, pero serán 900 los activos reales. Desde que salió el PROGRESAR tuvimos como 600 bajas voluntarias.

De un cabezazo invita a la primera chica de la fila a entrar. Se sienta y empieza tímida:

-Sí, yo venía por…

Sergio la corta en seco sin desviar la vista de la pantalla:

-Primero dame el número de DNI.

Escucha, teclea y hace percusión con los dedos. Espera que desaparezca el relojito de arena y se actualice el sistema.

-Hay cursos de tornero y electricista nomás. Para mujeres, nada.

-Pero yo vine ayer -la chica duda y frunce el ceño.

-Sí, pero hoy te digo lo mismo que ayer. De tornero y electricista nomás -repite, todavía sin mirarla a los ojos.

-¡Pero yo ya hice todos los cursos! Te pregunté ayer por pasantías, algo en empresas.

Recién ahí, Sergio levanta la cabeza y mira por encima del monitor. No tiene ni la más pálida idea de con quién habla. Las estadísticas apabullantes las conoce a la perfección: los 1800 inscriptos, los 900 activos, las 600 bajas. De la chica que vino ayer no se acuerda, pero con la misma seguridad con que dice números de memoria, pone el cassette:

-Mirá, está bien que vuelvas. Esto es así, vos tenés que mostrar iniciativa, compromiso. Sos vos la que tiene que mejorar sus posibilidades de conseguir un empleo digno. Sos vos la que tiene que buscar. Pero en este momento, no hay pasantías para mujeres.

La chica agacha la cabeza.

En Argentina, la Red de Servicios de Empleo está integrada por más de 630 oficinas en todo el país. Allí, el ministerio y los municipios ofrecen servicios de intermediación, capacitación y orientación laboral, y ponen en funcionamiento programas de inclusión para jóvenes, mujeres, grupos trans, personas con discapacidad y desempleados en general.

En diciembre de 2015 en Argentina la tasa de desempleo rondaba el 6 por ciento. Desde esa fecha, y luego de más de 141 mil despidos, literalmente se perdió la cuenta.

La mirada de Sergio vuelve a clavarse en el monitor. El relojito de arena en la pantalla y él se vuelven uno. Con los dedos hace señas para que entren los siguientes en la fila. Una pareja de personas mayores no se animan a atravesar el umbral. Desde ahí, el señor dice:

-Vengo por mi hija. Quería saber si hay cursos para chicas de 15 a 35 años.

-¡DNI! -suelta Sergio.

La mujer no lo sabe de memoria. Se pone nerviosa y busca un papelito con el número anotado en su cartera. Sergio se pone intolerante y eso la pone más nerviosa aún. Cuando lo encuentra, le dicta tartamudeando. No termina de decir y Sergio ya le está respondiendo:

-No, su hija solamente está en la bolsa de empleo. No está en ningún programa. Y en este momento no hay cursos para mujeres, solamente tornería y electricidad.

La respuesta no parece tener sentido. El hombre arremete nuevamente.

-¿Y cursos para chicas de 15 a 35 años?

Sergio levanta la voz, molesto por tener que dirigirles la mirada. Repite la explicación palabra por palabra. Misma pregunta, misma respuesta. Se cansa y termina la conversación:

-Es su hija la que tiene que venir.

No espera que salgan por la puerta para inclinarse y decir fuerte, para que lo escuchen:

-No hay forma de que entiendan. Tienen que ser independientes.

 

En 1904 Joaquín V. González -Ministro del Interior de la segunda presidencia de Julio Argentino Roca- le encarga al Ingeniero Juan Bialet Masse un informe sobre el estado de la clase obrera en Argentina. Según el autor, el obrero criollo “no razona, sigue al caudillo o patrón, obligado por la dependencia de la vida”. Julio Argentino Roca y Sergio, con un siglo de diferencia, comparten sus preocupaciones políticas por la clase obrera argentina.

 

Graciela sobrevivió ya a tres intendentes en la Municipalidad. Forma parte de esos seres que habitan la tierra intermedia de la precarización en la burocracia municipal: los “contratados”. Despacito como camina, casi sin separar los pies del suelo, llegó a la Oficina de Empleo hace unos meses.

-Necesitaban a alguien con empatía con la gente. Además, nadie se quiere venir a una oficina que queda en la periferia. Pero acá tenés que ser de acero. Si no te traen los papeles, no los anotás. Y también hago un poco de coordinación ¿Viste? Controlo que Sergio llegue temprano, que venga siempre. Como es monotributista no marca tarjeta.

 

Se sienta siempre a la izquierda de Sergio. Lleva puesta una campera de polar, jeans holgados sin forma y zapatillas deportivas blancas. Tiene 53 años y una sonrisa tan desganada como su caminar. Se toma su tiempo en cada entrevista: pregunta hasta lo que no tiene que preguntar. Opina, mandonea, discute, arenga, se mete y reta al que se siente delante. Después de la tercera chica al hilo necesita salir a fumarse un pucho.

-Yo trabajo con el puntero del Evita acá.

El Movimiento Evita para ella es lo que Ramón para Sergio.

 

-Hoy me mandaron quince mujeres para entrevistar. Les tengo que explicar todo: que no es un favor ni un premio, sino que es un derecho y viene con sus obligaciones.

 

Habla gesticulando con el encendedor y la etiqueta en la misma mano. Cuenta que también “articula” con un grupo de mujeres en el barrio de al lado.

-Vienen con problemas de violencia de género, de todo. Con lo que te llega, te la pasás atajando penales acá.

Así, entre lenta y dedicada, cuando termina su horario de oficina se va a dar charlas al centro vecinal para que las mujeres “se animen a participar de los programas”.

-Lo importante es eso: tender redes y que no dependan tanto de la oficina. Ni ellas de la oficina, ni ellas de sus maridos, ni los jóvenes de sus padres. Que no dependan.

 

No entender

Luis no entendió. Eso dice él y también los demás.

Tiene 23 años, pero hace rato que no es joven. Pide permiso con sus ojos opacos y habla bajito. Su voz es un motor en punto muerto. Tiene dedos cortos y uñas que apenas sobresalen la línea de las cutículas, comidas por la angustia de estar siempre buscando y perdiendo el empleo, sin entender por qué.

Trabajó varios meses en una veterinaria, descargando bolsas de comida para perro.

-Al año les pedí que me aumentaran lo que me pagaban por día. No me llamaron más.

 

Le pesan los hombros y los párpados por igual. Se anotó en la Oficina de Empleo y al poco tiempo le consiguieron una pasantía en una fábrica de bicicletas.

-Tuve problemas. No sé, voy de frente. Según yo hago las cosas bien. Hablás con tu compañero, hablás con el encargado, decís todo. Pero después no te llaman más y nadie te dice por qué.

 

Frustrada aquella pasantía, la oficina le gestionó otra en un depósito de productos comestibles para supermercados.

-Ahí, la verdad, no sé. Mi problema es que soy honesto, que pienso algo y lo digo, y eso a la gente no le gusta -dice mirando sus pequeñas manos abiertas sobre las piernas -No sé. Te juro que no entiendo.

 

La encargada de recursos humanos del depósito se pone triste cuando cuenta esa historia. A medida que entra en detalles el cuerpo se le achicharra como un papel prendido fuego. Parece que le doliera recordarlo:

-Era una ficha puesta. Guapo, rápido, responsable ¡Pero echarse ese moco!

 

Una tarde a Luis lo mandaron a desechar productos vencidos. Debía llevar esa comida hasta la puerta trasera del depósito, sacarla a la calle y ponerla en el container.

Como le dijeron, Luis la levantó, la cargó y la bajó, pero no en la basura, sino en la vereda. Un metro de distancia. Cuando su turno terminó, salió por la puerta del frente, dio vuelta la manzana, volvió a cargar toda la comida que le entró en la mochila y en los brazos y la llevó a su casa. Lo delataron las cámaras de seguridad que están instaladas en la pared del fondo del depósito desde los saqueos de 2013.

-Una lástima. No es un chico malo. Pero no entendió.

 

El ni-ni

Hasta las sillas están trajeadas. Políticos, cámaras de televisión, periodistas y más gente para rellenar.

En el año 2012, José Manuel De la Sota, asumiendo nuevamente como Gobernador de la provincia de Córdoba, relanza el ya famoso Programa Primer Paso (PPP). En medio de sonrisas el micrófono le llega a Daniel Arroyo, un ex Secretario de Desarrollo Social de la Nación.

-Nuestros jóvenes son el futuro. Pero el momento de ocuparnos de ellos es hoy.

Arroyo pronuncia con fuerza entre aplausos instintivos. El ritmo en su voz es un semáforo que indica cuándo asentir, ovacionar o sonreír en un discurso que nadie escucha con atención.

-Estos jóvenes son la tercera generación de desempleados ¡Tercera generación de desempleados! -repetía como si la mera insistencia le diese sentido a las cosas-. No vieron a sus padres como nosotros lo hicimos, levantarse temprano todos los días para ir a trabajar.

Las cabezas asienten y el eco de los aplausos retumba en el lujoso salón. Arroyo encadena palabras y razonamientos que todos los presentes pueden entender: desidia, facilismo, Argentina, clientelismo, asistencialismo ¡Falta cultura del trabajo!

 

-La respuesta no es sencilla, pero es clara. No hay atajos ni magia. La solución es la educación.

 

En otro hotel igualmente trajeado el Gobernador De la Sota declara, dos años después, la “emergencia juvenil”. Pide apoyo empresarial para la causa. Si no por fundamentos sociales, al menos en honor al problema de la seguridad:

-Para que un chico que les abre la puerta de un taxi cuando sale de un restaurant no le meta una puñalada para sacarle la billetera y comprar paco.

 

En 1826, el entonces presidente Bernardino Rivadavia ponía en plena vigencia la llamada “papeleta de conchabo”, una legislación que obligaba a los “vagos y malentretenidos” a emplearse en actividades industriosas o comercio, bajo la amenaza de quedar a disposición para ser enrolados en los ejércitos locales o sometidos al castigo físico.

 

-A nuestros jóvenes –dice Arroyo en aquella reunión- hay que otorgarles las herramientas para que puedan salir por sí mismos. La caña de pescar, como dice el dicho. Capacitación y experiencia. Y sobre todo, darles una lección: sin trabajo no hay futuro.

Aplausos furibundos bajan el telón del discurso mientras los mozos esperan en formación, con los mantelitos negros colgados en el antebrazo y las bandejas con copas de champagne para brindar.

Una solución trajeada para los jóvenes: quitarles el puñal y darles caña.

 

Carboneros en el norte de la Provincia de Córdoba. hachero en el monte. Gutemberg, Córdoba. Foto SEBASTIAN SALGUERO

Sebastián Salguero

“Sudar es gozar”. Alberdi y Sarmiento detestaban la aridez del suelo nacional y del hombre criollo. Los obsesionaba cultivarlo, volverlo fértil y productivo, de cultura y economía. Al hombre y al suelo. Regarlos, con sudor y sangre de pueblo, hasta que vuelvan a la misma tierra de la que fueron sacados, porque polvo son y al polvo volverán.

 

Yo soy grafóloga

Yohana y Gabriela eran pasantes en la inmobiliaria del barrio y denunciaron a Ernestina. Las hacía limpiar y eso iba en contra del convenio de pasantía. La dueña pidió sus antecedentes penales y eso iba en contra de la convivencia. Francisco y Ana, los tutores de la Oficina de Empleo, tuvieron que ir a realizar una inspección.

 

La inmobiliaria tiene una puerta de algarrobo oscuro. Cuando se abre, aparece una mujer que encandila de brillos: su camisa de seda negra y violeta, su reloj dorado, sus pulseras plateadas.

-En este negocio la imagen lo es todo. No se puede ir mal vestido a mostrar una casa de un millón de dólares.

Ernestina es abogada. Dirige desde hace veinte años una inmobiliaria que funciona como extensión de su propia casa. Tiene las cejas dibujadas y los labios impresos. El pelo inmóvil y el maquillaje abundante. Como una puerta, aunque menos rústica que la de entrada.

No acepta la denuncia. Dice que eran un lindo equipo, que hay que ser flexibles en ese negocio, que se aprende un montón. Dice que se preocupaba muchísimo y se desvivía cuidándolas, porque son chicas, porque pobres, porque aunque no era su obligación les daba el desayuno.

-Yo soy muy creyente. Y creo en las segundas oportunidades. Pero ¿Qué pasa si Dios no nos da una segunda oportunidad? ¿Qué pasa si no nos fuera a perdonar nuestras equivocaciones? Yo soy muy creyente, pero he llegado a cuestionármelo.

 

No acepta la inspección. Francisco se disculpa con la doctora, dice que no juzga, que escucha todas las campanas: una inspección que no quiere serlo. Ana piensa lo complicado que resulta conseguir una empresa donde “colocar” los beneficiarios de los programas. La dejan hablar.

Ernestina dice que Yohana robó, que mintió, que es manipuladora. Y que Gabriela podía dar fe de todo eso. Cuando la nombra, la pasante entra por la puerta que da al patio. Ernestina ordena, sin mirar:

-Traete una silla.

Gabriela sin levantar los ojos del piso avala con movimientos de cabeza todo lo que dice la patrona. Yohana tenía problemas. Yohana las traicionó. Yohana rompió la confianza. Gabriela, en realidad, también había denunciado. Pero la inspección terminó siendo un careo, la acusada una fiscal, la querellante una testigo y, las víctimas, culpables.

 

Ernestina niega que las haya hecho limpiar y con la palma de la mano hacia delante y los ojos cerrados, dice con tono firme:

-Mirá, yo trabajo desde los 18 años. Trabajé 17 años en el Ministerio de Gobierno y nunca tuvimos quién nos limpie el escritorio y nos barra alrededor. Nunca tuvimos personal de limpieza o maestranza. Entonces, para mí, es correcto que les haga mantener su propio lugar de trabajo.

 

No es “limpieza”, sino “mantenimiento”. Triunfante, Ernestina ordena:

-Traeme el cuaderno.

Gabriela corre taconeando al escritorio y trae un cuaderno abierto. Ernestina lo pone en su falda, mostrándolo:

-Yo soy grafóloga, y yo de perfiles psicológicos sé mucho.

No le tiembla la voz ni el pulso ni la cristiandad. Con una seguridad que atropella, juzga:

-Esta es la letra de Yohana. Preguntale a cualquier grafóloga. La gente que escribe como ella, con muchas puntas -todas las respiraciones se cortan- las puntas son lanzas y las lanzas son violencia. Y ella es así.

 

Pensar con los pies

Élida mira por la ventana pero no saluda inmediatamente. Vuelve a bajar la cabeza, da cinco puntadas más con la máquina de coser, corta el hilo y, recién ahí, se para con dificultad para abrir la puerta, seria.

Trabaja “en casa de familia”.

-¿Desde cuándo? -repite tentada- Yo le voy a decir: yo empecé a trabajar a los 7 años. Porque ahora están con que dicen que los niños no tienen que trabajar. Antes había que trabajar, también los niños. En esa época uno no pensaba con la cabeza, sino con los pies.

 

Élida anda por los 60 años. Tiene arrugas talladas como surcos en un cuero grueso que se le pega a los pómulos. Sentada se refugia en un pullover tejido a mano con esa lana que pica hasta enrojecer la piel. Quiere hablar de trabajo y cuenta su infancia.

-Nosotros somos del campo. Éramos nueve hermanos. Hacíamos tambo a mano. Ahora es todo muy fácil, con todas esas maquinarias. A las tres de la mañana nos levantábamos. Y yo agradezco a Dios cómo nos criaron. Nos dieron la poca educación que pudieron. Mi mamá nos enseñó así. En el campo no había fiesta, no había domingo, no había nada. Y yo a mi hijo lo crié igual: a la antigua.

 

Domingo Faustino Sarmiento escribía en el siglo XIX avergonzado por el estado de la villa nacional: “niños sucios y cubiertos de harapos viven con una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables”.

 

Élida recuerda una niñez amuchada. Tardes en filita para bañarse todos los días, sin falta, calentando agua a leña en un fuentón. El tierral y los animales no eran excusa:

-Nosotros -sube las cejas y arquea la boca hacia abajo-, remendados pero lim-pi-tos. Hasta el día de hoy sigo lavando la ropa fina a mano.

Limpiando

Carlos Cáceres

 

Las hermanas de Élida la asustaban con que “el chico iba a salir pollerudo”. Pero ahí está, nunca le trajo un disgusto.

-Yo no soy como ellas.

De todas, Élida es la única que “parió un solo chico”:

-Yo le dije a mi mamá a los 16 años: ya cumplí con Dios y con la Patria. Ahora cierro la fábrica.

 

La “doctora”, su patrona, le dice que el día que Élida deje de ir no va a poder confiar en nadie más para dejarle la llave, el estudio, la clave de la alarma, todo. Élida va a trabajar enferma y “hasta los jefes” la mandan a su casa. Y su hijo le salió igual.

-Si no voy, es una cosa que me falta. Tengo que ir. Vengo a la noche y me pongo a coser. Y los domingos tengo un puesto en la feria.

 

El trabajo importa porque separa la paja del trigo en una nación de finanzas otra vez quebradas y sueños reconstruidos. Divide los vagos fomentados de los que alquilan en Puerto Madero, el champagne del choripán, los que merecen de los que dependen, la tornería para varones de los “no hay” para mujeres, los “contratados” de los “monotributistas que no marcan tarjeta”.

Divide personas, vidas, mundos. Desde el primer Rivadavia hasta el último De La Sota divide los que acusan y los que agachan la cabeza, los creyentes y los indignos de confianza, los que cuidan y los violentos, esos que son “así” y no como debieran ser.

Separa los dueños de las normas de los que juran no entender qué hicieron mal, los que están dentro del taxi de los que abren la puerta, los que trabajan de los que te apuñalan, los que escriben el libro y los que deben sudar gozando para regar el suelo, la tierra, el polvo y la mugre de la que nacieron, de la que se atrevieron a salir y a la que pronto volverán.

Y el mundo de Élida también. Su mundo se divide en casas más limpias que otras, en baños más limpios que otros, en trabajos más limpios que otros, en infancias más limpias que otras. Pero la que limpia es siempre ella.

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*Sociólogo por la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) y doctor en ciencias antropológicas por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Profesor en nivel medio y terciario.

 

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Salidaalmar

8 Comments

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      Muchísimas gracias, Guillermo! Qué lindas palabras.

      Reply
  • emiliano 6 Septiembre, 2016 at 12:28 pm

    Para leer y pensar con los estudiantes y profesores en la escuela, para pegar en la pared del almacen de barrio… el trabajo que “nos divide”, nos hace enfrentar entre laburantes, que nos da un orden de merecimientos montado sobre la injusticia de los que tienen la guita (sobretodo de los que la vienen heredando desde la conquista del “desierto”) y nos ponen en fila para ver “quien se la gana”. Unos teniendo que ganarla otros haciendola ganar… me recordó algunos pasajes de los Nadies de Galeano.

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    • Gonzalo 10 Septiembre, 2016 at 6:10 pm

      gracias Emiliano! por participar, por compartir y por llevarnos a semejantes textos!

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