El día que la Policía quiso matar a Schiaretti

Por Juan Pablo Cossutta|

El 4 de febrero de 1970 una bala ingresó en la pierna izquierda del gobernador. Se alojó a milímetros de la arteria femoral. La disparó un policía infiltrado de la dictadura de Onganía. Schiaretti nunca habló de ese episodio, hasta hoy.

 

 

La tarde del miércoles 4 de febrero de 1970 a Juan Schiaretti le pegaron un tiro a quemarropa y lo dejaron tirado en la vereda de la calle Deán Funes, a pocos metros de La Cañada, en pleno centro de la ciudad de Córdoba.

El actual gobernador tenía 20 años, ya lo llamaban “Gringo”, estaba por cursar el quinto año de Ciencias Económicas en la UNC y era el secretario general del Integralismo, una fuerza estudiantil con influencia católica, que incluía al peronismo y tenía un accionar más radicalizado que otras agrupaciones universitarias.

Ese día, salió del Sindicato de Luz y Fuerza con compañeros de militancia y antes de llegar a la esquina, cuatro hombres los cruzaron. Uno de ellos parecía a punto de desenfundar un arma.

—Corramos –gritaron los compañeros de Schiaretti.

Pero él dudó. Lo golpearon y cayó al suelo. Cuando se puso de pie, una pistola calibre 6.35 lo apuntaba en la panza.

—Así que yo soy policía –fue lo último que escuchó antes de sentir el disparo.

***

Es lunes 30 de enero de 2017. Faltan días para el 47 aniversario de aquel episodio. Juan Schiaretti está sentado en la punta de la enorme mesa –ovalada, con 14 sillas color ladrillo- que domina su despacho. Es un hombre flaco, casi se diría que demasiado flaco, pero al mismo tiempo vital. Lleva puesta una camisa blanca tipo centroamericana de paño fino y adornos azules en el cuello. En sólo unos días dará su discurso de apertura de sesiones en la Unicameral. Junto a los ventanales con vista al centro de la ciudad, hay una estatua de José Gabriel Brochero, “El cura Gaucho”, el primer santo argentino.

Schiaretti rememora sus primeras influencias en la política: el primer peronismo; su padre, un dirigente social en barrio Talleres; su paso por el Liceo General Paz, y el cruce, en esas aulas, con los curas tercermundistas.

—Yo aprendí a leer con el libro del Plan Quinquenal del peronismo que tenía un tren en la tapa. Con ese libro me enseñó a leer mi vieja—, dice.

Las frases van saliendo de a poco. Hilvanan una historia que lo llevó a estar en el lugar indicado, el día que recibió un tiro. En el despacho no hay fotos de Perón. Sólo una gran imagen de Evita riendo y con el pelo suelto, detrás del escritorio de Schiaretti. En paralelo a la mesa hay un escritorio negro y sobre él varios portarretratos. Uno de ellos es casi un trofeo para Schiaretti. Se lo ve muy joven, marchando, al lado de Agustín Tosco.

—Me la mandó por correo Luis Beresovsky, que fue compañero mío del Liceo.

Dice mientras posa sonriente con el retrato en la mano.

—Mi viejo era dirigente ferroviario. En el 55 (año del golpe de Estado que derrocó a Perón) a mi viejo lo metieron en cana. Cayó la policía al barrio y le preguntaron a una vecina dónde vivía Schiaretti. “Vive ahí al frente y está en la casa”, les dijo. Ahí se lo llevaron preso. Lo notable es que a los cuatro años, estaban mi viejo y la vecina peleando juntos por el asfalto en el barrio.

Cuando tenía 11 años, en 1961, ingresó al Liceo General Paz.

—Yo ni sabía lo que era el Liceo —asegura—. Mi viejo me dijo: “Yo quiero que vos estudies, hay un colegio que si hacés cuatro años te salvás de la milicia”. Yo estaba en sexto grado y tenía que salir becado porque no podía pagar lo que salía el Liceo, creo que eran unos 500 dólares. Rendí y entré, a mí me gustaba estudiar.

Para Schiaretti, el cruce con dos curas tercermundistas y con una camada de jóvenes politizados, fue clave.

Entre sus compañeros de curso estaban, además del periodista Beresovsky, Fernando Vaca Narvaja –luego cabecilla de Montoneros–, Hugo Juri –actual rector de la UNC–, Antonio María Hernández –dirigente radical en los 80 y 90– y el ex técnico de Atenas, Walter Garrone.

Schiaretti sostiene que lo que marcó a su generación fue la proscripción del peronismo.

—Hay que entender que el grueso de mi generación formaba parte de la mayor fuerza política del país. Y esa fuerza no podía votar. Para nosotros la democracia no existía. Y esa es una de las explicaciones de la virulencia del 60 y 70 en la Argentina.

Finalizado el Liceo, Schiaretti decidió estudiar Ciencias Económicas. Cursó la carrera con la Universidad Nacional de Córdoba intervenida por la dictadura de Juan Carlos Onganía. Sin la posibilidad de organizarse en Centros de Estudiantes, los universitarios elegían delegados de facultades, para conformar la Coordinadora de Estudiantes.

Schiaretti tenía 19 años cuando representó a los estudiantes como delegado a la Facultad de Ciencias Económicas. Comenzaba a sentarse en las mesas dónde se disputaba el poder.

—Previo al Cordobazo, recuerdo una reunión en el Smata en la que tres dirigentes estudiantiles nos sentamos en una mesa con Agustin Tosco, Elpidio Torres y Atilio López.

El periodista Ángel Stival era estudiante de la UNC en aquellos años y recuerda a Schiaretti como un agitador, un orador de barricada.

—Se le ponía la cara colorada cuando hablaba –rememora Stival.

***

Ninguna biografía de Schiaretti menciona aquella bala que le entró por la ingle y se le incrustó a centímetros de la arteria femoral. El diario Clarín publicó un repaso de su vida previo a las elecciones de 2007. La nota menciona su participación en el Cordobazo, dice que estuvo en Ezeiza cuando regresó Perón y que partió al exilio en 1975. El diario Página 12 realizó una nota similar luego de los comicios de 2015. Del disparo, nada.

***

Para el verano de 1970, el rector interventor de la UNC era un hombre con apellido ilustrado, uno que ahora tiene calle y barrio: Rogelio Nores Martínez. Fue él quien implementó el examen de ingreso para los aspirantes. Una decisión que motivó la reacción estudiantil y fue determinante en la vida de Schiaretti. Fue la que lo puso en el camino del pistolero que lo baleo.

—Todo el arco estudiantil estuvo en contra y comenzamos a resistir con asambleas –asegura Schiaretti.

Los exámenes de ingresó serían el 5 y 6 de febrero, “opinen lo que opinen los estudiantes y hagan lo que hagan sus dirigentes”, sentenció Nores Martínez. También prohibió que en las aulas de la universidad se dictasen cursos preparatorios: “Este test tiene una gran ventaja, y es que no precisa ningún curso previo. El chico sabe o no sabe”, opinó.

Para preparar a los aspirantes, los estudiantes organizaron su propio cursillo en la sede del sindicato de Luz y Fuerza, conducido por Tosco. El ámbito ideal para la politización del conflicto.

Carlos Arturo Scrimini es médico alergista y vive en Santiago del Estero. En 1970 cursaba medicina en Córdoba, militaba en el Partido Comunista (PC) y era el presidente de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC). Rememora esos días como si aún los viviera.

—En el gremio había una concurrencia multitudinaria de estudiantes, inundaban el sindicato hasta la vereda, era una actividad diaria, permanente.

A fines de enero los estudiantes tomaron el Rectorado. El 2 de febrero le tocó a la Facultad de Ingeniería. Exigían una audiencia con Nores Martínez.

Faltaban pocos días para el examen y los dirigentes universitarios querían dar un golpe que debilite al rector. El objetivo era uno de los símbolos de la lucha contra la dictadura autoproclamada Revolución Argentina: el Hospital Nacional de Clínicas. Para evitar que el dato se filtrara (intuían que en los cursos de Luz y Fuerza había policías infiltrados), el 3 de febrero informaron que harían una marcha hacia la Plaza Colón, pero en el camino se desviaron hacia el hospital.

En minutos, el Clínicas se lleno de jóvenes. Scrimini fue el responsable de negociar con el Jefe de la Policía, el teniente coronel Héctor Romanutti.

—La idea era aguantar hasta la noche, nosotros sabíamos que en un momento teníamos que desocupar y escapar sin ser detenidos –dice y se ríe al recordar que usaba un seudónimo en las comunicaciones con Romanutti –me hacía llamar González.

En la puerta del hospital, un joven de apellido Rojas insistía en que lo dejen entrar para ver a una mujer internada. Los estudiantes accedieron y lo acompañaron hasta la pieza, pero al ver que la paciente no lo reconoció, lo detuvieron. Rojas tenía un revolver, era policía. Lo maniataron y encerraron en una habitación.

Hubo otro detenido durante la toma, se llamaba Carlos Hugo Juncos y es central en esta historia. Unos estudiantes lo vieron bajar de un auto de la Policía y lo agarraron dentro del hospital. Según Scrimini, sus compañeros “lo querían hacer boleta”. Él lo conocía de vista, creía que era un delegado estudiantil, por eso dudó. Cuenta que el detenido le dijo: “¿Carlos, te parece que yo puedo ser cana?”.

—Muchachos, ante la duda, lo encierran en una pieza, le ponen llave, pero no lo toquen, porque puede ser un compañero –ordenó.

Recién a las 11 de la noche los estudiantes desalojaron el Clínicas. Habían logrado que Nores Martínez pospusiera el examen.

***

Sentado en el comedor de su casa en el barrio Cuesta Colorada de La Calera, Juan Carlos Schneiter se sirve un mate. Tiene 68 años y todos los pelos blancos. Hace cuatro días que regresó de Estocolmo, la ciudad que lo recibió en el exilio hace 40 años y donde hoy viven dos de sus tres nietos.

—Yo le avisé al Gringo que ibas a venir. No para pedirle permiso, pero sí para decirle que te voy a dar mi versión–, aclara antes de meterse en la historia.

—La toma de Clínicas fue central en el ataque al Gringo. Esa toma fue responsabilidad nuestra, de los Integralistas. Ahí lanzamos toda la práctica revolucionaria que veníamos trabajando desde el año 68.

En su relato, Schneiter destaca el protagonismo de su agrupación universitaria en el conflicto, marca la cancha por más que hayan pasado 47 años.

También agrega un dato: Schiaretti fue uno de los estudiantes que identificó al policía Juncos dentro del Clínicas. Sin embargo, el actual gobernador de Córdoba no confirma el dato:

—No me acuerdo que Juncos haya estado en el Clínicas –dice.

Por la tarde, la toma se puso más violenta. El gobierno envió a Gendarmería y amenazó con desalojar el hospital por la fuerza. Los estudiantes armaron barricadas y llevaron a los dos rehenes –Rojas y Juncos– vendados y con las manos atadas, hasta el techo. Schneiter cuenta que los pusieron sobre la cornisa, al borde de un precipicio de más de ocho metros hasta el asfalto de la calle Santa Rosa.

—Le dijimos a la Policía que si tiraba, los tirábamos.

La policía tiró.

Varios estudiantes se abalanzaron sobre los detenidos para empujarlos. Pero el que se opuso, según el relato de Schneiter, fue “El Gringo” Schiaretti. Fue hacia Juncos y Rojas, con sus brazos abiertos los abrazó del cuello y los sacó de la cornisa.

El actual Gobernador no recuerda (al menos eso dice) detalles sobre aquel episodio.

—No lo recuerdo. De esa parte no me acuerdo—dice y agrega—en las asambleas a veces aparecía alguno que decía “vamos a hacer justicia popular y vamos a ahorcar a este policía”. Siempre cuidaba que no cometiéramos nosotros un acto de linchamiento. Como dirigente estudiantil, era mi responsabilidad.

 ***

Al día siguiente, 4 de febrero, había mucho movimiento en Luz y Fuerza. En el tercer piso, familias enteras seguían el sorteo de las plazas en las colonias de vacaciones del gremio. Y aunque ese día no hubo cursillo de ingreso, los estudiantes deliberaban las acciones a seguir en la puerta del sindicato.

Faltaban 15 minutos para las seis de la tarde cuando Schiaretti salió de la sede sindical.

—Iba con otros compañeros por la calle Deán Funes y antes de llegar a La Cañada nos atacó una patota de 4 ó 5 personas de civil –recuerda el gobernador–. Nos golpearon, yo caí y cuando me levanté, me apuntaban con una pistola.

Además de Schneiter, Schiaretti recuerda que con él iba “el Petiso” Ferreira, un estudiante de medicina.

Schneiter dice que todo pasó muy rápido:

—Venían a paso decidido, con las manos listas para sacar un arma. Lo apuntaron en el estómago al Gringo, yo le pegué a uno y grité que corramos. En ese momento le disparan.

Schiaretti asegura que la bala le entró por la zona inguinal y con una mano señala el lugar por dónde sintió el ardor del plomo.

—Era una bala calibre 6.35 que usaban los servicios de inteligencia. Ese proyectil tenía la característica de moverse mucho, era muy difícil de extraer. La bala pasó a un centímetro de la arteria femoral, me salvé de desangrarme y se alojó a dos milímetros del nervio ciático, que de dañarse me hubiera dejado paralítico. Tuve suerte.

Schneiter y Ferreyra vieron que los atacantes no los persiguieron y volvieron a asistir a Schiaretti, que sangraba en la vereda. Ferreira, le hizo un torniquete con un cinto.

—No sabíamos a dónde carajo ir. Paramos un auto y lo llevamos a la CGT –relata Schneiter.

La sede de la central obrera estaba en la avenida Vélez Sarsfield 137, a unas cuatro cuadras del lugar donde los atacaron. Allí subió al auto el dirigente gremial Oscar Settembrino y siguieron viaje hasta la clínica Segura-Falleti, en calle Deán Funes al 900.

El cirujano Florencio Segura necesitó más de 40 minutos para extraer la bala, necesitó de seis radiografías para seguir la trayectoria del proyectil. Segura declaró al Diario Córdoba que la “herida revestía cuidado” y dijo que “de haberse lesionado la arteria femoral se hubiera producido una lesión de graves consecuencias”.

—Fue la CGT la que pagó la internación y la operación –aclara Schiaretti.

Según La Voz del Interior del viernes 6 de febrero de 1970, Schiaretti presentó un hábeas corpus el mismo día del disparo. “Entiendo que los individuos eran policías de civil”, dejó asentado en la denuncia y reclamó que la justicia “disponga medidas para asegurar el total goce de mi libertad que presumo amenazada”.

***

Sentado en su consultorio, el traumatólogo Florencio Vicente Segura se sorprende cuando escucha que su padre operó a Schiaretti.

—No tengo idea de esto.

En 1970 tenía 20 años y cursaba medicina en la UNC, pero no recuerda siquiera la toma del Clínicas.

Al leer el nombre “Florencio Segura” en una crónica de la época, abre los ojos, desconcertado.

—No sé nada –repite y cuenta que desde hace años mantiene una relación personal con Oscar González (actual presidente de la Unicameral y ministro de Salud en la primera gestión de Schiaretti), pero nunca le mencionó el tema.

***

En Luz y Fuerza nadie escuchó el disparo.

—El objetivo no éramos nosotros, iban a hacer mierda el sindicato. Pero nos cruzaron en el camino –asegura Schneiter.

Carlos Scrimini estaba en la entrada del edificio gremial cuando vio llegar a un joven muy excitado. Lo reconoció, era santiagueño como él. “Negro, qué te pasa”, le dijo, con los brazos abiertos. El otro a cambio, le dio una trompada que lo tiró.

Lo seguían otras cinco personas, que ingresaron al sindicato batiendo tiros al aire y lanzando granadas de gases. Luego se fueron al grito de “viva el fascismo”.

Según Scrimini, el ataque contra Luz y Fuerza lo realizaron los policías que se habían infiltrado en el cursillo preparatorio para el examen de ingreso.

—Como fracasaron en evitar la toma del Clínicas, fueron a vengarse.

Esa noche el gobierno provincial clausuró el local de Luz y Fuerza. Al día siguiente, Onganía decretó la intervención del sindicato.

***

—Así que yo soy policía…

Esa frase escuchó Schiaretti mientras la pistola se le hundía en el abdomen, según la reconstrucción del atentado que publicó el Diario Córdoba.

“Chiquito” Schneiter asegura que el hombre que disparó fue Carlos Hugo Juncos, uno de los policías infiltrados en el Clínicas.

Juncos había nacido en 1945 y vivía en barrio Panamericano. En 1960 ingresó al Liceo General Paz y cursó hasta cuarto año, cuando fue dado de baja por mala conducta. El actual gobernador de Córdoba cursó en ese mismo instituto desde 1961 hasta 1965.

—¿Se conocían?

—Por supuesto, porque compartieron tres años –asegura Eduardo Moyano, compañero de Juncos en el Liceo.

Schiaretti confirma que conocía a Juncos y que sabía que era policía.

—No recuerdo si Juncos estaba entre las personas que me atacaron. Yo me acuerdo que la persona que me disparó era canosa, peinado para atrás. Era un hombre de más de 40 años.

Carlos Hugo Juncos murió acribillado a balazos en septiembre de 1973. En la edición número 26 de la revista Estrella Roja, publicada en noviembre de ese año, el ERP se adjudicó el atentado: “Un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo procedió a ajusticiar al conocido torturador Carlos H. Juncos”.

Pero Juan Carlos Schneiter tiene otra hipótesis:

—No, no fue el ERP –suelta y hace una pausa.

—¿Y quién fue?

—No importa, ya están todos muertos. Lo jodido es vincularlo al Gringo con esa muerte, hay que cuidar eso.

El gobernador Schiaretti asegura que no recuerda el desenlace de Juncos.

***

La bala quedó cerca de la arteria femoral. Eso significa que el gobernador de Córdoba, en el peor de los casos, podría haber muerto desangrado sobre la vereda de calle Deán Funes si el proyectil dañaba la artería. La rueda de su destino amagó con convertirlo en un mártir de la dictadura de Onganía. Pasaron los años y Schiaretti se convirtió en uno de los hombres más poderosos de la provincia. Pero de aquel tiro se sabe poco y nada.

Luis Rubio, vocal del Tribunal Superior de Justicia y compañero de Schiaretti en el Integralismo, asegura que las veces que se reunió con el gobernador nunca hablaron del disparo.

Otro dirigente integralista, Carlos Azocar, opina que el hecho pasó al olvido porque en esos años eran comunes ese tipo de atentados.

Juan Carlos Schneiter agrega que el actual gobernador demoró bastante en reconocer que participó de los setenta:

—Como tenía una protección a través de Cavallo supongo que taponó cualquier tipo de información que lo ligase directamente. Recién se mostró junto a los organismos de Derechos Humanos en los últimos años, con los juicios.

Juan Schiaretti, el protagonista de esta historia, le baja la relevancia al hecho:

—La verdad es que nunca me detuve a pensar si tiene que ser mencionado, si es importante o no. Y además me parece que ese hecho, comparativamente con el genocidio que hubo después en la Argentina, no tiene dimensión.

—¿No se le cruzó por la cabeza que por centímetros no tuvo el destino de Santiago Pampillón, el obrero y estudiante asesinado por aquella dictadura en 1966?

—Es posible, pero esos eran los riesgos que teníamos. Y permanentemente nos baleaban compañeros. Pero eso a nosotros no nos amilanaba para nada, era parte de lo que significaba protestar contra la dictadura, por la libertad y la democracia. Permanentemente había obreros y estudiantes baleados, tal vez por eso no quedó registrado en la historia. Y frente a las atrocidades de la dictadura, estos hechos quedaron con la mera visibilidad histórica, ante la masacre—, dice.

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