¿Escucha Voces?

 

Autor: Ricardo Efraín Cortés

Ricardo no está loco. Jesucristo no está clavado a la cruz y el neuro no es el final sino sólo un comienzo. Un cronista viaja al territorio de lo inestable para escribir sobre la locura y termina narrando las políticas que nos vuelven locos.

“Dejen libres a los oprimidos

Y también a los opresores

para ellos no hay peor castigo

que la libertad”

 Ricardo Gabriel Albarenque, 1995

 

En el patio interno del Neuro Ricardo mira los murales. Un viejo tanque cisterna domina el centro. Las pinturas se descascaran lentamente en la pared lateral, junto a una cama abandonada. En lo alto sobresale un Cristo joven, de tez marrón.  Está engrampado con jeringas en lugar de clavos.  Arriba dice: “Padre, perdona a los psiquiatras, no saben lo que hacen”.

– La querían blanquear- dice Ricardo observando su propia obra.

Es hora de la siesta y el artista está raro, sin la chispa de la semana anterior. Alejandra, la coordinadora del taller de pintura, lo nota:

-¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

– No, es que me está atendiendo una psiquiatra nuevita y me medica mal la boluda. Ya le dije lo que me tiene que dar pero no me hace caso.

Ricardo acaba de pintar el paredón externo del Neuro. Caras tribales amarillas con ojos desorbitados vigilan ahora la calle Bahía Blanca. Pide a Alejandra que lo acompañe para mostrarle un cuadro en el que está trabajando.

Bajo el Cristo de jeringas el olor a polenta se apodera del aire del patio, aunque sea la hora de la merienda. Recorren el edificio hasta el lugar del taller de escritura, pero el cuadro no está.

– Debo haberlo dejado en mi cuarto.  Te roban todo acá, estoy cansado.

Tres o cuatro puertas más, una reja y el aroma cambia a desinfectante barato con dejo a Espadol, recién realizan la limpieza.

– Olor a Neuro – dice Ricardo.

En el internado hay azulejos blancos desde el piso hasta el techo, colchones sucios sin funda, camas de caño oxidado, colchas viejas y zapatos sueltos. Una mujer policía escucha Cadena 3 y un enfermero solitario mira el reloj esperando el cambio de turno.

-Ale, tengo la idea en la cabeza para mi muestra `Textos y Texturas por Ricardo Albarenque´. Tiene que andar, ayudame, necesito salir de acá.

El cuadro no aparece, vuelven hacia donde está el resto de los pacientes terminando sus actividades. Una psicóloga rubia de ojos verdes con un ambo rosa recoge algunos pinceles. Un médico pasa y le dice una frase que incluye las palabras bonita y salir.

-Ves como son. Si se lo dice el psiquiatra está todo bien. Si se lo digo yo… soy erotómano- comenta en voz alta un paciente que está tocando el cajón peruano. Alejandra y Ricardo se ríen.

El Cristo continúa dominando la escena, Ricardo siempre destaca que es parte de una obra colectiva. Sin embargo es un pedazo de su historia, es casi su esencia artística.  Cristo lo acompañó a lo largo de sus 30 años de manicomio.

-¿Sabés qué pasa? Cuando llegué acá yo creía que era Jesús, obviamente cuando me di cuenta de que no,  me puse mal -dice sin inmutarse.

La obra es resabio de su paso por el Borda, el psiquiátrico más grande del país. Allí fue uno de los que formó el Frente de Artistas. Ese frente lo salvó, fue la esperanza de una vida mejor durante sus diez años de estadía.

-El Cristo es una idea que traía de allá, entré con un fotógrafo a una sala abandonada del manicomio a que me haga imágenes de lo que yo le decía.  Todo era abandono, había tirado desde camas hasta tubos de vidrio. Tengo fotos de todo el Borda, me acuerdo de dos: una mirando un televisor con cara de loco y otra la del Cristo.   Como tenía el pelo largo y barba, además de estar medio flaco, me puse unas  jeringas en las manos simulando clavos y le dije: sacá, sacá que soy Jesús.  Pienso que si el flaco viviera hoy lo meterían en un manicomio y lo drogarían- dice.

Ricardo no tiene buenos recuerdos de su paso por allí.

– Era como estar en una cárcel, hasta te tenías que cuidar en las duchas, bien tumbero todo.

* * *

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El Neuro está a sólo 600 metros de la Casa de Gobierno, unos cinco minutos a pie.   Allí acuden en busca de apoyo cientos de cordobeses.

Llegar por primera vez en crisis es una experiencia que pocos olvidan. Hacerlo por segunda o tercera vez para ser atendido, es saber que se va por ayuda y se paga con la libertad. Es la posibilidad de entrar en un sistema de institucionalización perpetua en el que se toma en custodia al cuerpo del paciente.

La corrección política de la psiquiatría llevó a nombrar las cosas de otra manera: un manicomio es un “monovalente”, un paciente es un “usuario de servicios de salud mental”, empastillar es poner “un chaleco químico”, un cuarto de aislamiento o castigo es “la sala de contención”.

Contención, “con tensión”. Lugar clave del manicomio por el cual absolutamente todos los internados han pasado en algún momento. Ricardo Albarenque no fue la excepción.

– Debuté acá a los 18 años y me pelaron- dice Albarenque.  Domina el edificio con la confianza y la familiaridad de quien recorrió todas sus habitaciones. Es un “usuario” que incomoda a los psiquiatras cuando quiere. Entiende que la relación médico-paciente es aquí una relación de poder y sabe exactamente que, cuando se cruzan ciertos límites, se paga con encierro.

Normalmente los miércoles, pasado el mediodía, Ricardo y Alejandra recorren el internado buscando pacientes e  invitándolos a pintar. A veces llegan hasta la sala de contención para ver quién está encerrado.

-¿Estás bien?- pregunta Alejandra a un pibe de unos 20 años que está dentro de la sala 4 bastante dopado.

-Abrime, por favor abrime- le contestan casi llorando con voz ronca y la boca empastada.  Su lengua adormecida choca con el paladar buscando superar el atontamiento de la droga.

-No podemos- responde Alejandra.

El cuarto de aislamiento es una habitación de azulejos. sin nada, solo un colchón  sucio. El orín del paciente se esparció por toda la habitación. Una hamburguesa tirada a unos treinta centímetros del pedazo de goma espuma, humedecida con el pis, completa la escena. El olor se escapa por la rejilla que comunica al pasillo. Un guante de látex hace las veces de candado en la traba de la puerta de chapa que está despintada y rayada con inscripciones religiosas.

-Por favor abrime- se alcanza a comprender del quejido gutural y lloroso del pibe.

-De verdad no podemos. ¿Te cortaron el pelo? Nos vamos, que estés bien- dice Alejandra.

-Abranmé… ¡Hijos de puta!… ¡Abranmé, hijos de puta!- es lo último que dice antes de soltar el llanto.

 

A pesar de la angustia que produce ver el encierro Alejandra y Ricardo no pueden abrir la puerta porque sería peor, se alejan del lugar disimuladamente. Ricardo cuenta que la última vez que estuvo en contención también lo doparon. Fue hace un par de meses.

-Me acuerdo de sentir el líquido frío que te entra- dice señalándose la muñeca izquierda con el dedo mayor de la otra mano.  La ronda informal está concluida y se marchan tratando de no llamar la atención en el internado.

 

* * *

En la sala de actividades plásticas se juntaron voluntarios e internos para preparar la primera marcha por el derecho a la salud mental.  Ricardo está entusiasmado, ya no está internado, está viviendo en una carpintería de un primo, aunque sigue dependiendo del Neuro para comer, bañarse y vestirse.

Debaten, preparan las actividades de la marcha, pintan pancartas, todo está listo.

La convocatoria es el viernes 10 de octubre a las dieciocho horas en Colón y Cañada, desde donde parte una caravana de aproximadamente 1.500 personas.  El micrófono no está en manos de un doctor ni de un gremialista, lo sostiene Ricardo, secundado por Claudio, un gracioso ex paciente del Neuro. Sobre calle Colón forman las organizaciones ligadas a la salud mental con una gran bandera en manos de pacientes y trabajadores que se confunden sanamente.

-Qué cara de loco que tiene ese- dice un peatón mientras señala a un acompañante terapéutico.

Ricardo baila micrófono en manoDice las frases que trabajaron en las reuniones previas en el Neuro. Consignas claras, principalmente pidiendo la plena aplicación de la Ley de Salud Mental. Córdoba no cumple con la normativa nacional. Peor aún, tampoco con la provincial que establece una progresiva desmanicomialización. En la práctica, desmanicomializar significa transformar el modo de atención, y entre otras cosas, cerrar las salas de aislamiento. También implica que se le destine el 10 por ciento del presupuesto total de Salud.  En 2014 sólo se le asignó el 6,4 por ciento.

Las frases de los carteles piden lo justo, lo que establece la ley: “Sin libertad no hay salud mental”, “Porque hay exclusiones exigimos derechos”, “Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social”, “Contención no es encierro”.

Hay estudiantes de comunicación haciendo prácticas que entrevistan a Albarenque.  Ricardo explica la situación con la claridad de un teórico experimentado. Da detalles.

-No puede ser que en pleno siglo XXI se usen técnicas, castigos y tratamientos del siglo XIX- Ricardo les dice que hace treinta años está relacionado de una forma u otra a los psiquiátricos.  Los estudiantes le preguntan en qué trabaja o qué hace, piensan que es enfermero o terapeuta.

-¿Qué hago en el hospital? Hace treinta años que sufro- dice mientras suelta una sonrisa.

Vuelve a tomar el micrófono, salta, baila y da pasos al compás de una murga. Está emocionado, lee un papel y con la voz gastada lanza:

-Nos dicen que usamos medicamentos de última generación y es mentira, señor De la Sota, señor Navarro (Director de salud mental), y señor Fortuna (Ministro de salud), váyanse.

Un policía se acerca amablemente y pide que dejen pasar un colectivo urbano. La protesta se detiene, los marchantes se hacen a un costado. Pasa el 22…

Las actividades terminan tarde y Ricardo retorna solo a la carpintería.

* * *

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La vida de Ricardo, como la de muchos otros que intentan despegarse del manicomio, es un constante entrar y salir. Ricardo busca su independencia mientras espera una pensión que nunca llega. Su primo le cedió un espacio en la carpintería. Llena de aserrín y sin agua no es el lugar ideal.

-Al menos me da algo- dice con serenidad.

Sin embargo estará ligado de por vida al Neuro para recibir los costosos medicamentos que necesita. Lo importante para Ricardo no es alejarse definitivamente, lo importante es no caer internado.

Su rutina empieza temprano, antes de que comiencen a trabajar con la maquinaria los carpinteros: toma un colectivo hasta el hospital y allí trabaja en cerámica y pintura, sale a la calle a vender sus libros y a rebuscarse la vida como pueda. En el Neuro come, se baña, recibe la vianda y luego vuelve a la carpintería para repetir el ciclo.

Algunas veces las actividades en los talleres son intensas, en cambio otras requieren sentarse para “trabajar la palabra”.

El miércoles siguiente, en círculo, todos charlan sobre lo vivido en la marcha, saltan, cantan, recuerdan. Martín Cagnani es uno de los médicos que coordina y apoya las actividades artísticas que se realizan a través de “Abracadabra Creatividad”, la asociación civil que agrupa a más de 22 talleres de arte que se dictan en el hospital. Abracadabra hace todo lo que el Estado dejó de lado desde el recorte de presupuesto que realizó en 1996 el entonces gobernador, Ramón Bautista Mestre.

La puerta se abre y Martín ingresa a la reunión.

-Ahí apareció el psiquiatrón- dice Ricardo simulando hablar en voz baja.

Martín, con los anteojitos para la presbicia sobre la frente, frunce el seño. Se le escapa una sonrisa mientras habla fuerte:

-¿Cómo dijiste Ricky?

– No, yo no dije nada doctor. ¿Por qué? ¿Ahora usted escucha voces?

El psiquiatrón y el resto de los presentes se ríen. Están felices, el problema comienza a salir a la luz.

* * *

 

Dos semanas más tarde el teléfono fijo, gris y viejo sonó un par de veces en la sede de Abracadabra. Del otro lado la voz de Alejandra, la artista plástica que coordina el taller de los miércoles, suena entusiasmada.

-Pásenme con alguno de los chicos. Con Ricardo, Gerardo o el que sea. ¡Nos ganamos un reconocimiento de la Municipalidad!

-Ale. Ricardo no puede atender. Lo tuvieron que dopar. Está durmiendo la siesta- responde la psicóloga que atiende el teléfono.

La alegría por el reconocimiento a una exposición fotográfica que retrataba la tarea de los muralistas se va disipando. No desaparece totalmente pero en algo disminuye: Ricardo está durmiendo la siesta, Ricardo está dopado. A sus 50 años Ricardo está nuevamente internado. A su lado, en la cama contigua, está Pablo. A Pablo también le gusta dibujar. Prefiere el grafito y los murales. Tiene 20 años.

 

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* Esta crónica –realizada por Ricardo Efraín Cortés en el taller Buscando Autores- obtuvo el premio Rodolfo Walsh en el año 2015. 

13 Comments

  • Norma M De Marco 24 Septiembre, 2016 at 6:49 pm

    Hermoso relato. Doloroso, profundo, y movilizador. Gracias por regalarnos tu historia, Ricardo. Me pregunto qué habrá sido del joven de 20 años, rogando que le abran la puerta… Cuánta prisión llevan en sus almas y en sus cuerpos los seres humanos presos de la locura. ¡Cuánta!

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    • Ricardo Efraín Cortés 29 Septiembre, 2016 at 10:03 am

      Gracias por leer norma. Pròximamente hay otra marcha para pedir al estado que sea mas activo en el tema de salud mental.
      Saludos.

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  • Fernando Aquino 19 Septiembre, 2016 at 12:15 pm

    Es increible como Ricardo Albarenque la sigue remando y luchando por el projimo,sabiendo que la lucha es mas sufriente que la enfernedad,sin pension,sin vivienda ,sin trabajo y con un monton de ciegos haciendose los sordos a su alrededor viviendo de la “Salud Mental”…y pasan los años y pasa la vida.

    Reply
  • Fernando Aquino 19 Septiembre, 2016 at 12:14 pm

    Es increible como Ricardo Albarenque la sigue remando y luchando por el projimo,sabiendo que la lucha es mas sufriente que la enfernedad,sin pension,sin vivienda ,sin trabajo y con un monton de ciegos haciendose los sordos a su alrededor viviendo de la “Salud Mental”…y pasan los años y pasa la vida.

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    • Ricardo Efraín Cortès 20 Septiembre, 2016 at 10:38 am

      Así es Fernando. Afortunadamente Ricardo ha logrado cobrar la pensión que le corresponde.
      Gracias por leer.

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  • Eugenia Bouchet 14 Septiembre, 2016 at 5:38 pm

    Hermoso relato. Tristísima realidad. Las políticas públicas de reclusión son de terror. Es como leer una y otra vez a Foucault y por qué no debería hacerse de esa manera… :'(

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    • Ricardo Efraín Cortés 15 Septiembre, 2016 at 3:14 pm

      Si, hay mucho de Foucault en este tema. También de un Italiano llamado Franco Basaglia (psiquiatra). Esos textos siguen vigentes.

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  • Cecilia 12 Septiembre, 2016 at 10:18 pm

    Excelente crónica Ricardo! Leerlo, pensarlo y sentirlo! Contención no es encierro!!!

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    • Ricardo Efraín Cortés 14 Septiembre, 2016 at 9:52 am

      Gracias por leer Cecilia. Contención no es encierro.
      Ojalá sirva para que el estado haga lo que tiene que hacer.

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  • lorena 6 Septiembre, 2016 at 11:17 pm

    q dura cruel y oculta realidad, tal cual, victimas de una dictadura social

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    • Ricardo Efraín Cortés 12 Septiembre, 2016 at 12:32 pm

      Gracias por tu comentario Lorena, es tal cuál lo decís.

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  • Oscar ciancio 6 Septiembre, 2016 at 11:39 am

    Genio!!!! Abrazo a todxs lxs amigxs del alma y hermanxs de Cordoba. Oscar ciancio

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    • Ricardo Efraín Cortés 12 Septiembre, 2016 at 12:33 pm

      Gracias por leer Oscar. Un abrazo grande, a seguir, no aflojar. Siempre para adelante.

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