Ensayo | Evita espectral

Texto: Pablo M. Requena |

 

¿Hasta qué punto la ‘fantasmagoría’ de la escritura a que nos referimos no lleva por su propia volatilidad, a inflar la ilusión esfumadora del mito sobre la rigidez cadavérica en que se asienta?

Néstor Perlongher, 1983

 

Espectrología

Los hombres de mediados del siglo XIX estaban obsesionados con fantasmas y energías invisibles y fantaseaban con la posibilidad de explicar científicamente sus (no) presencias. Durante la década de 1840 un prusiano y un sanjuanino, ambos en el exilio, hablaron de espectros: Karl Marx de un fantasma que recorría Europa y escribió para conjurar los rumores acerca de quiénes eran y qué querían los comunistas mientras que Domingo F. Sarmiento invocó una sombra para intentar comprender las desventuras de la política rioplatense de las décadas anteriores. Ricardo Piglia escribió, siguiendo a Borges, que el relato policial no era sino una mutación de las historias de fantasmas sucedida a mediados del siglo XIX. No había sido otra cosa que cambiar una forma de misterio por otra.

Antes que invocar la sombra de Evita para entender la Argentina del hecho maldito, interesa indagar en torno a una Evita espectral, una (no) presencia que reaparece rondando Buenos Aires.

 

Plebeyo

Uno de los que más lúcidamente miró algunos de los problemas de la transición democrática fue Néstor Perlongher: escribió brillantes reflexiones sobre Malvinas, la figura del desaparecido y, también, sobre Eva Perón. Si bien el texto data de 1975, recién en la segunda mitad de los ´80 el relato “Evita vive” fue publicado en nuestro país. Allí ella retorna y aparece espectral, orillera y sexuada. Es sintomático: un militante troskista – uno de los inventores de la política de la diferencia en nuestro país, a partir del temprano 1972 fue figura clave del Frente de Liberación Homosexual que declinaba la liberación en términos de género ¿o el género en términos de liberación? – a medio camino entre la sociología de campo y la poesía es quien tal vez leyó mejor el potencial político subversivo, revulsivo y herético de Evita. Justamente hizo circular el texto en el momento en que la política democrática amenazaba con volverse simplemente la conformidad con lo posible, los años de la transición democrática, llámese esa conformidad “alfonsinismo” o “renovación peronista”.

Perlongher, desde fuera de las certezas de la política argentina de los ‘80 (la democracia o el peronismo), pudo objetivar que lo más cautivante del movimiento iniciado por Perón era Evita, que en su relato se aparecía como espectro por el Bajo, con marineros, drogones, maricas y taxi boys.

El relato se organiza en tres historias, ¿epifanías?, en las que ella aparece mezclada entre una marica y su chongo, un marinero negro: “Y era ella nomás, inconfundible, con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que – la verdad – no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda…”. Y después de una noche de sexo con el marinero, Evita y la marica desayunan, conversan y comparan marineros con generales. “De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó”.

En la segunda aparición, “el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete… Yo le veía cara conocida…” La cosa se pone fea cuando aparece la policía en la casa y entonces la rubia reventada discute con el policía encargado de la redada haciéndole acordar que “hace 22 años, si, o 23, yo misma te llevé la bicicleta tu casa para el pibe”. En el mejor momento del relato, los policías huyen por el escándalo que se arma en el lugar, Evita se va caminando y le dice a la gente asomada “Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados”. Perlongher nos agrega un eficaz: “hasta los viejos lloraban” y le hace decir a Evita “Ahora debo irme, debo volver al cielo”.

En el tercer relato, el más breve y acaso el menos esmerado, Evita aparece en un “Carabela negro manejado por un mariconcito rubio” y tiene relaciones con un taxi boy en un hotel; “la mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora” y el chofer le dice a nuestro protagonista que seguramente será la envidia de todos los machos del país. Son tres epifanías narradas en primera persona, desde la experiencia de quien se encuentra con Evita.

 

Deseo

La nota al pie que intercalaron los editores, Cristian Ferrer y Osvaldo Baigorria, al comienzo del relato nos informa de su publicación en nuestro país en 1987 en la revista Cerdos & Peces y en 1989 en El Porteño, dos naves insignes de un modo de pensar la democracia que nació muerto. Más aun, agregan que la última publicación desató una polémica pública que incluyó intervenciones airadas de funcionarios públicos: el director de Radio Provincia de Buenos Aires y un concejal de la ciudad de Buenos Aires. El caso es que Evita obsesionaba a Perlongher: no fue la única vez que volvió sobre ella, en 1980 en su libro Austria Hungría, incluyó un poema titulado “El cadáver” y en 1989 en Hule aparece “El cadáver de la nación”. Resulta llamativo que sea la Evita muerta, inmortal, la que le interesaba en sus poemas, una Evita simétrica a la que aparece en su relato recién reseñado: en el poema más temprano la que le interesa es la de las 20.25, con las uñas recién pintadas y el peinado recién hecho; en el más tardío la referencia es una Evita zombificada – incluidas referencias al ritual del vudú –, embellecida más aun durante el proceso de embalsamamiento y, por lo tanto, mutando en el cadáver oficial de la Patria. La Evita con oropeles, barroca, de los poemas de Perlongher coincide con la del relato. Bella y recién muerta, embellecida y embalsamada, aparecida en el puerto, entre chicos que queman o buscando un taxi boy.

Para esa Evita, sus grasitas y sus cabezas son ese resto que no podía ser contenido en la gramática de la clase (las izquierdas revolucionarias, las socialdemocracias) ni en la del pueblo (el peronismo) en los ‘80 y mucho menos en los ‘70. Un resto insubsumible y lumpen en el cual podía cifrar la posibilidad de toda política libertaria: lo que quedó fuera de las políticas emancipatorias. Drogones, maricas y taxi boys, formas de la vida baja, formas nómades del deseo; Evita oropelada, con las uñas pintadas de Revlon, abanderada de una nueva política, una política del deseo. Después de todo, el peronismo había trastocado a mediados de los ‘40 las agendas de las izquierdas políticas: había dejado prácticamente sin base obrera al comunismo y sin representación parlamentaria al socialismo; después de todo, en La razón de mi vida (1951) se pensaba a sí misma como el reverso de mujeres como Alicia Moreau de Justo o La Pasionaria. Después de todo, parte de la crítica antiperonista se concentró en su fastuosidad.

Una buena estrategia para entender un objeto es inscribirlo dentro de un paisaje más amplio para que haga sistema. Uno podría ser el de los cuentos malditos de la literatura argentina: si bien la etiqueta “maldito” además de sensacionalista es poco decidora para lograr cualquier descripción, esta categoría haría convivir a “Evita vive” con “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghi, esa reversión de El matadero en la que tres chicos bien violan a un chico pobre llamado Estropeado, y con El frasquito de Luis Gusmán, verdadera mitología familiar lumpen. Otro podría ser el de la narrativa en la que aparece Eva Perón, un linaje en el que participan entre muchos otros Rodolfo Walsh o José Pablo Feinmann y en el cual Perlongher se ubicaría cerca de la siempre polémica obra teatral de Copi.

Es posible, sin embargo, un tercer sistema en el cual insertar las Evitas de Perlongher: el de los intentos casi siempre fallidos de separar a Evita del peronismo. Se trata de una vieja ilusión de la política ¿progresista? ¿emancipatoria? ¿posperonista? en nuestro país que cada tanto se propone recuperar lo mejor del peronismo y evitar todo lo malo que implica, esto es lo popular de un lado y el Partido del otro. Funciona acusando al peronismo de desmovilizar y congelar las potencialidades políticas del proletariado y de constituir un Estado policial y moralista pero abstrayendo a la Jefa Espiritual de la Nación por su capacidad de condensar lo popular. Perlongher lo dice explícitamente: “el peronismo supo combinar la exaltación festiva de las masas con un paternalismo descaradamente autoritario; ‘organizó’, sí, a los trabajadores, pero confinándolos en las células de un sindicalismo de Estado. Esta doble tensión dejó como saldo un incesante refuerzo de la máquina del Estado policial militar… El mito de Eva no es ajeno a esta trampa y fue agitado por sectores ‘revolucionarios’ con la ilusión de tomar por asalto el ominoso aparato de la burocracia peronista”.

 

Proliferación

Perlongher podría decirnos que un espectro recorre Buenos Aires y, más allá de la literalidad, desde una inspiración marxiana pensaríamos que efectivamente el fantasma de Evita sobrevuela la política argentina. Incluso más allá de la multiplicación de sentidos posterior a la Revolución Libertadora cuando el nombre de Eva Perón ya no pudo ser controlado y organizado desde arriba y pasó a ser una de las cifras con las que se nominaba a los días más felices.

Hay otra Evitas que encarnaban varias ideas al mismo tiempo, todas igual de revulsivas para las tradiciones políticas realmente existentes: su vínculo paternal con la CGT, el Partido Peronista Femenino liderado por ella, el libro La razón de mi vida como lectura obligatoria en el sistema educativo, su procedencia del mundo artístico y su origen plebeyo sobre el que era posible echar toda clase de dudas. Evita ubicada entre el estremecimiento de unos, la seducción de otros y la crispación política de varios: todos los humores (pre)políticos posibles, formas pasionales de la política que nada saben de partidos, consignas u orgánicas. Mezcla de construcción desde arriba durante los ‘40 y ‘50 con santa popular herética y escudo de resistencia durante los años de la proscripción. Perlongher podría señalar que la productividad de ese espectro es su capacidad de estremecer la moral y las buenas costumbres al mismo tiempo que de provocar el deseo plebeyo: las Señoras y los “señoros” de Barrio Norte, Jauretche dixit, de un lado y los cabezas, en el sentido perlongheriano más amplio posible, del otro. “Evita Capitana” y “Viva el cáncer” son el nombre de un mismo eje que organiza la política argentina, no es novedad, pero también es una forma de instaurar una política de la incorrección.

Las Evitas de Perlongher, ya sean zombis o epifanías suburbanas, nos hablan de la calentura, el deseo plebeyo y de un potencial emancipatorio que no tenía aún quien le diese forma. Para el poeta Evita es mucho más y mucho menos que el movimiento fundado por Perón, irracional mística prepolítica y pasión fanática de la que siempre se burlan los antiperonistas y que para el justicialismo resulta peligrosa en tanto difícil de ordenar y encausar. Esa es la incorrección que seduce a Perlongher: la potencialidad de ese símbolo de ofender y desordenar el mapa de las tradiciones políticas argentinas.

Nada más grasa que la emancipación, nada más cabeza que el ansia libertaria.

 

Salidaalmar

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