El falso suicidio del asesino de Güere

Maxi Peralta, sobreviviente del tiroteo en el que asesinaron a su primo Güere. (Gentileza Colectivo Manifiesto)

Por: Dante Leguizamón | 

El caso Güere Pellico dispara un análisis sobre la crisis de corrupción policial. Rubén Leiva, uno de los asesinos y un rumor que genera sospechas sobre las consecuencias de romper los códigos de silencio. (Para más: “Listo Calixto…”)

 

Cruzamos miradas una cuadra antes y nos saludamos, pero la verdad es que no recordaba quién era. Gringo, menudo pero fornido, bajito, de bigotes y una barba de dos días volvió a aparecerse mientras caminaba por General Paz cerca de 9 de Julio, a la altura de una galería donde entonces funcionaba una heladería y creo que ahora venden sánguches de milanesa. Era una tarde calurosa de diciembre de 2014. “-¡Dante!”, me llamó, me dí vuelta, y nos saludamos. Sabía que lo conocía aunque no me acordaba de qué lugar, pero como es normal que personas con aspecto de policías, ex policías, o ladrones, o ex ladrones me paren por la calle para darme datos, me detuve.

– ¿Che, vos sabés quién es Leiva, el que escrachaste por matar a Güere Pellico?

Me increpó con cierta dualidad como si estuviera tratando de ser sutil y al mismo tiempo no pudiera evitar sentirse ofendido y enojado. Contesté pensando que me iban a dar un dato que comprometiera aún más a Rubén Alfredo Leiva, el hombre que yo mismo había ayudado a relacionar con el crimen de Güere ocurrido unos meses antes. Leiva, según nuestra investigación, no solamente había participado del homicidio de Güere, sino que también estaba sospechado de otro hecho de abuso policial en barrio Los Cortaderos.

– No, contame- le dije y recibí una respuesta cortante que llegó sin nada de disimulo y a modo de reproche:

– Es mí…

Cuando me precisó cuál era su parentesco recordé de dónde lo conocía. No voy a decir de quién hablo porque no hace a este relato y podría complicar a esa persona innecesariamente.

La situación fue incómoda. Muy incómoda. Sumamente incómoda.

Hacía unos meses acababa de amenazarme el Jefe de Policía y todavía caminar por la calle era una especie de incomodidad constante. Aunque la mayoría de los policías que cruzaba me paraba para agradecerme por haberme animado a denunciar a Julio César Suárez -cuya prepotencia y brutalidad eran despreciadas y temidas tanto fuera como dentro de la Policía- algunos integrantes de esa institución me miraban mal.

Igual, al escuchar quién era la persona con la que hablaba no disimulé mi sorpresa y le dije lo primero que se me vino a la mente.

¡No me digás! ¡Qué cagada! –y mientras miraba a los costados para ver si estábamos solos, terminé la frase con una afirmación: -Qué mocazo que se mandó boludo. Está hasta las manos tu…

Mientras asentía después de escucharme, noté que se disponía a seguir hablando. Lo que no me imaginé eran las dos frases con las que continuaría nuestro diálogo:

– Pero él se está comiendo un garrón –me dijo- Yo te digo la verdad. Él no tiene nada que ver. Fue el otro hijo de puta (Lucas Gastón Chavez, el compañero de coche de Leiva) el que disparó. Mi pariente lo recagó puteando y de hecho casi se cagan a trompadas esa misma noche, pero cuando quiso denunciar todo, los jefes lo obligaron a mentir.

Periodísticamente ese era un dato importante, pero fue su siguiente frase la que me produjo estupor:

– Vos lo conocés a mi… es de Río Ceballos como vos. Vive en la esquina de avenida San Martín y…

Se me heló la sangre. De un momento a otro se me revelaba algo insospechado. Rápidamente mi cabeza viajó a mi pueblo y comencé a recorrer la avenida San Martín hasta detuve en esa esquina, la esquina donde me solía atender un policía, un policía petizo y picarón, y de pronto le vi la cara y me recordé hablando con él en el colectivo y lo recordé bajando a la altura de los Bulevares en la misma parada que usaba yo para entrar al diario:

– ¿Leiva es el del video club?

Pregunté y me agarré la cabeza con las manos porque sabía que no necesitaba que me respondieran y porque no podía creer que la persona a la que había investigado en expedientes y en base a testimonios como uno de los asesinos de Güere fuera aquel policía con el que hablamos varias veces entre el año 2000 y el 2005, que inclusive había sido mi fuente en algún chusmerío policial. La misma persona a la que los chicos del barrio Los Cortaderos le tenían terror.

– Sí. Él es Leiva –escuché que me contestaban.

Habían pasado sólo unos cinco meses del asesinato y esa altura ya sospechábamos que el autor material del crimen de Guere era Chavez y no Leiva, así que no tardé en darme cuenta de que el destino me regalaba una oportunidad. Parte de mí quería irse rápido de ahí pero el oficio pudo más y de repente me encontré diciendo lo que no quería decir:

– Decile que hable. Decile que hablaste conmigo y que yo estoy dispuesto a contar lo que pasó. Que no sea boludo porque lo van a cagar. Si no rompe el pacto de silencio los jefes lo van a usar y después lo van abandonar. Las pruebas los condenan. Aunque no haya disparado él, lo van a condenar como coautor.

A esa altura nos habíamos alejado de la heladería y estábamos junto a la vidriera de otro negocio que, me parece, es una joyería. Mientras la persona cercana a Guere me escuchaba ví en su rostro algo de complicidad, pero también de resignación.

– Él quiere hablar, pero el abogado no lo deja.

Me dijo y yo jugué otra carta para tratar de convencerlo. Una carta que era absolutamente sincera:

– Mirá. Si fue Chavez, él tiene que decirlo. Si no lo dice es simple: fueron los dos. Además vos sabés que, como jefe de coche, Leiva es responsable. Ahora la única defensa que tiene es decir la verdad. Lo van a condenar, pero puede conseguir una pena más leve.

– Eso estamos hablando, pero el abogado le dice que todavía no es el momento.

Conozco muchos casos de este tipo. La mayoría de los policías que son investigados tienen abogados que paga la misma Policía. Esos abogados suelen estar más preocupados por defender al Estado provincial –y a la “institución”– que a sus supuestos“clientes”. Por eso volví a insistir:

– ¿Quién le paga el abogado? ¿La provincia se lo paga? ¿Vos te creés que el Gallego le va a poner un abogado para protegerlo a Leiva o para protegerse a sí mismo?

– Es cierto lo que me decís –me contestó- lo que pasa es que al principio compartieron el abogado con Chávez, pero ahora con la familia estamos tratando de conseguirle otro. Él quiere hablar, yo lo estoy convenciendo de que hable, pero ellos le recomiendan que no.

La charla duró varios minutos y quedamos en volver a vernos apenas Leiva se animara a hablar. Antes de despedirnos intentó ensuciar a Guere. Me dijo que la víctima de ese crimen policial no era “trigo limpio” y llegó a sugerir que tenía pruebas sobre eso. El mismo argumento que el propio jefe de Policía Julio César Suarez había sugerido cuando fue a un programa de televisión y habló de Güere como un delincuente. Cuando le dije que me diera esas pruebas, contestó: “Las estoy buscando, cuando las tenga te las voy a dar a ver si te animás a mostrarlas”.

Le dije que no tenía problemas en hacerlo pero que al final de cuentas la cuestión de fondo no era esa y que Leiva debía hacerse cargo de sus actos.

Chávez espera, mientras Leiva es llevado esposado. (Gentileza: Justicia x Güere).

Ya por entonces se rumoreaba que después de matar a Güeré y herir a Maximiliano Peralta (el primo de Güere) los Policías Leiva y Chávez llamaron al superior de turno y que fue ése jefe quien planificó y luego los ayudó a buscar un arma con la idea de plantársela a Gueré para sostener la hipótesis del falso tiroteo.

Por eso le propuse ir a la cárcel para hablar con él pese a que ya empezaban mis vacaciones. Su testimonio en aquel momento podría haber sido clave para mostrar el modus operandi de la Policía en los casos de gatillo fácil que terminaban siendo simulados como “enfrentamientos armados”. Esto hubiera permitido ir hacia arriba en la cadena de responsabilidades vinculadas al homicidio, algo muy poco frecuente en estos casos.

Intercambiamos teléfonos pero nunca volvió a llamarme. Ni para demostrar que no mentía en relación a Guere, ni para que Leiva se reuniera conmigo.

Cuando nos despedíamos no aguanté la curiosidad y pregunté:

– ¿Leiva sabe que soy yo el que trató el tema?

– Cómo no va a saber si te conoce hace cuántos años.

– Mandale saludos entonces.

Me fui desconcertado. En los años 2000 cuando cruzábamos algunas palabras con Leiva, éste se mostraba como un policía honesto. De hecho se quejaba de ciertos hechos de corrupción que llevaban adelante sus superiores y llegó a darme algún dato que me ayudó a denunciar episodios de corrupción. ¿Cómo llegó ese policía a convertirse en un asesino? ¿Cuánto es sólo responsabilidad suya y cuánto de las lógicas que gobiernan en la institución a la que pertenece?

Mientras investigábamos el crimen de Güere, nos enteramos de que los vecinos de Los Cortaderos hablaban con miedo sobre Leiva. De hecho los chicos habían escrito su nombre en un grafitti donde denunciaban que los tenía a mal traer y los vecinos narraban una persecución que se dio en el barrio y que, según esos mismos testimonios, había concluido cuando la persona que escapaba de la Policía chocó su auto y, golpeado intentó escapar corriendo.

Muchos vecinos dijeron haber sido testigos de aquella persecución y también que, después de correr unos cincuenta metros, el ladrón se cayó al suelo y levantó las manos para entregarse. Según aquellos testimonios Leiva manejaba el móvil policial aquella tarde y, a la vista de todos tras detener el auto, le habría disparado al ladrón a quemarropa. Los vecinos también dijeron que después de disparar, Leiva abrió el baúl de la patrulla, sacó un arma y se la puso en la mano al ladrón muerto usando el dedo de su víctima para dispararle a su propio móvil y así simular un enfrentamiento (tiroteo) que nunca existió.

Cómo no sentir desconcierto si a raíz del trabajo que hicimos con Miguel Planels sobre Güere habíamos ayudado a que el caso se conociera. Más aún si eso había generado la reacción policial y como consecuencia de ello el Jefe de Policía –Julio César Suárez– me había amenazado para después amenazar al fiscal que investigaba el caso. Cómo no sentir desconcierto si nunca hasta ese momento había tenido esa sensación contradictoria de conocer a la persona que ahora sabía, era un asesino.

***

Volví a encontrarme con aquel familiar de Leiva el último 26 de diciembre. Esta vez fue en los pasillos de tribunales donde esperábamos el momento en que el tribunal leyera la sentencia a los policías acusados del homicidio de Güeré.

El día anterior se había conocido que un subcomisario de Villa Allende (Víctor Barrionuevo) –protegido de Julio César Suárez- había sido detenido sospechado de ser uno de los autores de un asalto del que fueron víctimas varias personas de renombre. Entre las víctimas se encontraba un funcionario judicial que –según me aseguró una fuente en su momento- recibió el encargo del propio De la Sota de freezar la causa de las amenazas que me hizo Suárez. Sorpresas te da la vida, dijera Rubén Blades.

Ese día fui a la última audiencia del juicio para acompañar a Ana María y Sonia (las mamás de Güere y Maxi) y a los vecinos del barrio con los que nos tenemos cariño después de todo lo que pasó.

Una parte de mí guardaba esperanzas de que finalmente Leiva dijera la verdad y contara cómo ocurrieron los hechos posteriores al crimen. Por otro lado, sabía que esa era la única “salvación” posible para él. No porque sea inocente –sin dudas fue coautor del crimen– sino porque sospecho que no fue el ideólogo de la estrategia dispuesta en aquel momento para encubrir el homicidio.

Por supuesto esa esperanza era absurda.

Leiva a la izquierda y, penitenciario de por medio, Chávez a la derecha. (LaVoz.com)

Cuando les tocó decir la última palabra a los imputados Chavez se mostró tan brutal como cuando le disparó a aquel chico en la noche del 25 de julio de 2014.

– “Quiero decirle al jurado que yo estaba trabajando”, dijo, dejando en claro que para algunos –insisto, algunos- policías “trabajar” puede consistir en cometer el delito más grave del código penal.

Durante el juicio Leiva cambió de abogado. Ahora lo defendía “Huguito” Luna, un ex policía que acostumbra defender a ex colegas. Cuando le tocó hablar a Leiva quedó claro que las cosas habían cambiado muy poco. Desde el banquillo de los acusados el vecino de Río Ceballos habló en voz baja ante la pregunta del tribunal:

– No voy a usar mi derecho a la última palabra, me pareció escucharlo decir antes de que los jurados populares y los jueces técnicos se retiraran a deliberar.

Fue durante la espera que me encontré de nuevo con el familiar de Leiva, justo cuando bajaba a la alcaldía de tribunales donde alojan a los acusados.

En las horas de espera me enteré que durante el juicio se habló del policía Walter René Ferreyra, actualmente a cargo de la comisaría 7ma, que era justamente el Superior (de Turno) de Leiva y Chávez al momento del homicidio de Güeré.

Según el alegato del fiscal de Cámara Hugo Almirón –otro ex policía, también abogado- Ferreyra también debía ser investigado por lo que pasó aquella noche. El mismo Almirón me lo confirmó:

– Pedí que se lo investiguen por encubrimiento agravado porque era el Superior de Turno aquella noche

Lo más increíble es que Ferreyra que (repito) sigue siendo policía, está acusado de homicidio agravado por otra muerte y las coincidencias son llamativas. Esa otra víctima también era un joven y también murió en un confuso operativo policial. Se llamaba Cristofer Andrés Carreras y fue asesinado en la madrugada del 5 de abril de 2012. El abogado que lleva ese caso –representando a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación- es Claudio Orosz y me contó lo que habría pasado aquella madrugada.

– Resulta que Ferreyra dice que hubo un tiroteo y que Cristofer Carreras le disparó a su móvil, pero el detalle es que el arma que le encuentran a Carreras es un revólver 32 y el orificio bala que tiene el móvil es de una pistola 9 milímetros (el arma que usa la Policía de la Provincia).

Los datos son interesantes porque a lo largo de este relato se habla de tres casos prácticamente iguales. Por eso es que no pueden quedar aisladas de este relato las palabras del entonces Jefe de Policía, Julio César Suárez, al momento de la muerte de Güere: “La diferencia entre un buen trabajo policial y lo que se llama gatillo fácil es una delgada línea”.

Cabría preguntarse si las estrategias para encubrir crímenes las podían tomar sólo Leiva y Chávez o inclusive la persona que oficiaba de Superior de Turno. Cabría preguntarse también si una decisión así no podría haber llegado desde mucho más arriba teniendo en cuenta que eran tiempos en los que la Policía no podía permitirse un escándalo de este tipo. O si el “apoyo” que se brindaba desde la cumbre policial para que los policías “trabajen”, se hacía a sabiendas de que mucho más abajo ese “apoyo” se transformaría inevitablemente en brutalidad, golpes, apremios y asesinatos, como un modo de lograr “control social” de “zonas rojas”.

Al volver a pensar la secuencia de hechos me surgen varios interrogantes ¿Por qué fue tan desesperada la necesidad de Julio César Suárez y el ex gobernador De la Sota de proteger a Leiva y Chavez? ¿Por qué pagar un reportaje de varios minutos en la radio más oída y otro en el programa de TV más visto de la mañana, mientras el Jefe de Policía amenazaba a un periodista y a un fiscal. Y, además, ¿Por qué le pagaron los abogados a los policías?

Julio César Suárez, ex jefe de policía retratado por LaVoz.com

Finalmente Chavez y Leiva fueron condenados a reclusión perpetua y el tribunal ordenó investigar al comisario Ferreyra de la comisaría 7ma tal cual lo solicitó el fiscal.

Tengo muchos conocidos policías. Uno de ellos, mientras algunos festejabamos que se hubiera hecho justicia, me envió un mensaje que circulaba esa noche por diferentes whastapp policiales: “Acaban de condenar a perpetua a dos azules por matar a un ladrón con antecedentes… Dios proteja a sus familias”.

Poco importa, pero Güere no tenía antecedentes y cuando lo mataron no circularon pedidos policiales para que Dios lo proteja.

***

El miércoles cuatro de enero otra vez Leiva fue noticia, pero estoy seguro de que él no tuvo nada que ver y voy a tratar de explicar por qué.

Cerca del mediodía me llegó el primer mensaje que hablaba de su suicidio. Quiero ser preciso. Me llegó a las 11.29 y estoy seguro que a muchos colegas también. La fuente es un ex policía que suele tirar carne podrida que muchos periodistas reproducen sin chequear. Voy a reproducir textual ese primer mensaje y los siguientes porque habla mucho de lo que ocurrió: “Se mató Leiva en Bowuer”, decía.

Lo primero que sentí fue horror pero cuando algunos colegas y vecinos de Los Cortaderos me empezaron a mandar mensajes preguntando si era cierto, empecé a sospechar. A las 11.57 llegó otro mensaje, más perverso aún que el primero. En este caso quien lo enviaba aseguraba que era un mensaje escrito por un familiar directo de Leiva. Decía así: “Esto les manda mi papá a todos: Queridos amigos, me despierto todos los días pensando que está es una pesadilla, todavía no entiendo nada y no creo que lo entienda nunca. Me cuesta mucho escribir esto pero mi corazón está más fuerte que nunca y eso es Gracias a mi familia y a ustedes. Le quiero trasmitir desde este lugar frío y caluroso que los quiero mucho y estoy agradecido por lo que hicieron por mi familia. Quiero pedirle a todos, hasta el último policía que este en un destacamento, en una consigna, en un control vehicular, en especial a la patrulla, a los policías que me conocen y que no me conocen, que trabajen con honestidad y transparencia y que le den la seguridad a la sociedad como yo lo di. Quiero que sepan que se fue una persona buena pero buena de verdad. Cuando estén patrullando de noche miren el cielo ahí va a estar el lucero, desde allí les voy a mandar mucha luz. Feliz año! Y nunca Nunca pierdan los valores en el trabajo y en sus hogares, son mis deseos.

El enano LEIVA

Abajo, se agregaba el siguiente pedido: Si pueden reenvíen el mensaje a todos sus contactos muchas gracias.

A las 12.08 minutos me entró un mensaje de familiares de Güere preguntándome si era cierto que Leiva se había suicidado. Contesté que estaba tratando de averiguar y pregunté cómo se habían enterado y resulta que el que les avisó es un policía.

Cuando abrí el diario buscando información me encontré con otra noticia policial. En un asalto en avenida Don Bosco esquina Diego de Cala un grupo de ladrones había herido a un Policía. Cuando se secuestró el arma de uno de los ladrones resultó ser una Bersa Thunder N° de serie C28793. Una de las 72 armas que en su momento mientras era Jefe de Policía Julio César Suárez- desaparecieron de la Jefatura. Un colega –el Pájaro Gustavo Molina- publicó en Clarín aquella historia.

Resulta curioso que muchos de los policías que defienden a Leiva, Chavez y Suárez se enojen cuando se escriben notas como ésta que estoy escribiendo. Me refiero a que se enojen con nosotros y no con ellos.

¿Qué le hace más daño a la Institución Policial: Lo que ustedes están leyendo o el hecho de que haya dos policías asesinos? ¿Qué le hace más daño a los policías: la nota que denuncia el faltante de armas o que un ladrón le dispare a otro con una de las armas que Suárez intentó esconder que le habían robado?

Pero quiero volver a Leiva y aquellas versiones de suicidio. Mientras intentaba chequear cómo estaba Leiva seguí recibiendo mensajes de policías. Los sigo copiando textual: Se quitó la vida en Bower el policia Leiva que habia sido condenado a perpetua. Por el caso güere, Envió una carta a sus amigos y familiares el 31 de diciembre. No aguantó que le den perpetua y no tenia nada que ver. Q:E:P:D.”. Decía uno. Otro, iba mucho más allá: “Nunca hay responsables… Bueno si… Si un Juan en un procedimiento mata a un caco enseguida los DERECHOS HUMANOS lo encuentra responsable y adentro!!!! Los delincuentes libres y los policías por trabajar cadena perpetua casi”.

Otra vez se repite la misma lógica enunciada por Julio César Suárez, Chavez y la cadena de whatsapp confundiendo “trabajar” con “asesinar”.

Tengo muchos mensajes pero no quiero hartarlos porque son todos del mismo tenor. Cerca de las 14 una fuente del Servicio Penitenciario me aclaró todo:

– Negativo Dante. Leiva está bien en su pabellón. Fue el propio director a buscarlo y lo atendió sin saber de qué le hablaban.

Me pregunto qué pasó. Sólo un diario publicó la versión del supuesto suicidio y, obviamente, se equivocó. La noticia era falsa. Sin embargo, también me quedé pensando en los argumentos que me dieron otros colegas para explicar por qué no publicaron nada sobre el tema. “No publicamos suicidios. Es nuestra línea editorial” dijo alguien y me da un poco de risa pensar en ese argumento. Dicen los periodistas que un rumor no es noticia, pero yo estoy convencido de que hay rumores que sí son noticia y éste es uno.

Me pregunto: ¿Y si el falso suicidio de Leiva fuera un mensaje para el propio Leiva? Recapitulemos: se hizo todo para que Leiva no hable y Leiva no habló. Ahora, condenado, desde la misma Policía se difunde la versión de que se suicidó, involucrando a un familiar cercano en la difusión de ese mensaje. De este modo, se aseguran de que llegue a los medios justo en el momento que sirve para tapar la noticia del arma que hirió a un policía. Justo a tiempo.

Pero al mismo tiempo que alguien se tomó el tiempo y el trabajo de hacer esto, no puedo evitar pensar que si Leiva se hubiera suicidado hubiera sido un suicidio sumamente “conveniente” y “oportuno” para muchas personas poderosas. Entonces me surgió la idea de que si yo fuera el Ministro de Justicia y Derechos Humanos pondría especial atención en proteger a Leiva para que nadie le vuelva ayudar a “suicidarse” o le siga dando ideas sobre un final de este tipo.

***

Como si fuera poco, el miércoles hacia el final de la tarde otro colega –Lucho Zegarra- informó que el comisario de Jesús María al momento de iniciarse el festival tuvo que ser licenciado porque al parecer habría intentado quedarse con algunos objetos recuperados en un operativo. El jueves nos despertamos con la noticia de que un policía trató de llevarse un vaso térmico de un supermercado. También se conoció el video de una mujer policía agarrándose de las mechas con una vecina. La escena, además de una violencia social preocupante, muestra la incapacidad de los efectivos de calle y de la cúpula policial para manejar esa situación de tensión junto a vecinos agresivos. A eso se suma la pasividad o la absoluta falta de interés del compañero de la mujer policía en hacer algo.

En apenas 20 días la postal institucional de la Policía de la Provincia de Córdoba, es más que alarmante.

El poder político cordobés ha sido cobarde –extremadamente cobarde- a la hora de conducir la Policía a lo largo de estos 34 años de democracia. Inclusive los proyectos actuales que parecen ser novedosos en materia de relación entre los efectivos y los vecinos, cometen el error de tratar de cambiar las cosas hacia delante, sin revisar las lógicas que muchos policías tienen incorporadas en su sangre.

Antes de publicar esta nota se conoció otra noticia: uno de los imputados por el robo –no extravío sino robo- de 72 pistolas en la Central de Policía hizo un extraño anuncio a través de su abogado en Cadena 3. Se trata del subcomisario Gasser Carrillo que en su momento receptó hacer pasar el robo de ese arsenal de guerra como “un extravío”. A través de su abogado, Carlos Nayi, anunció que en el mes de febrero declarará ante el fiscal cuál fue la verdad del robo de las armas.

Un abogado utiliza un medio de comunicación para decir que su cliente va a romper el código de silencio de la corrupción policial. Pero aclara: No va a ser ahora, sino en un mes y medio. Sería gracioso, si no fuera absurdo.

El fiscal del caso –el inefable fiscal anticorrupción Hugo Amayusco- debería haber interrumpido su feria y convocar ya a Gasser Carrillo a declarar porque cualquiera podría pensar que su vida corre peligro. Pero claro (Ver: “La Política policial…”) por alguna razón eso no pasó. A nadie le conviene que se rompa el pacto de silencio.

Un homicidio a manos de dos policías y un (falso) suicidio. El primero dejo a la luz una verdad que incomoda al poder. El segundo debería ser un hecho casual, pero en las condiciones actuales sería importante estar atentos para que no se convierta en un capítulo más del manto azul de silencio que ya ha superado los límites del absurdo y no soporta más parches.

 

3 Comments

  • Diego Avila 9 Enero, 2017 at 5:26 pm

    Tremendo relato Dante!

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  • maria del valle molina 9 Enero, 2017 at 4:06 pm

    querido Dante tu narraci{on me recuerda a la pluma de Rodolfo Walsh, sos un talento en muchos sentidos, me siento orgullosa por vos!

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  • Leandro 9 Enero, 2017 at 12:55 pm

    Excelente nota Dante. Un placer leerte

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