El olfato policial de la vecinocracia

Por Nicolás Cabrera y Nahuel Blazquez |

No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible.

El Matadero, Esteban Echeverría, 1871.

Las zapatillas Nike de Juan se encastran a la perfección en el alambrado que separa a un césped a veces verde, de una tribuna siempre celeste. Sus dos manos parecen las de un gato que sin esfuerzo alguno suben y suben por un delgado telar de acero. No puede ni hablar, ni gritar, ni cantar. Sus dientes aprietan una tela blanca. Cuando llega a la cima la extiende, la ata y sus cuatro vértices quedan amarrados al alambrado. De frente a la tribuna popular pirata la bandera flamea bien alto y al centro. Tiene dibujada una rata atravesada por el símbolo de lo prohibido. En azul, con mayúsculas, debajo del dibujo, hay una sentencia: “Sólo para entendidos”.

La bandera es un símbolo de victoria y orgullo. El emblema de una conquista que comienza en los albores del 2008 y termina en el ocaso del 2010. Por aquellos años, la barra de Belgrano, Los Piratas, decide expulsar a quienes roban en la tribuna. Se los reconoce como Las Ratas, un puñado de jóvenes ávidos de pequeñas riquezas. Pungas amateur que hacen del picoteo una fuente de botines propios y odios ajenos. La barra decide actuar y ejecuta una modalidad de limpieza ya conocida: identificar, golpear y expulsar. La pena es el dolor físico y el destierro territorial. La iniciativa y el resultado goza de gran aceptación entre el resto de la hinchada celeste. Entre los latidos de los bombos y los estruendos de las trompetas, en Alberdi se canta:

La tribuna está de fiesta llegan Los Piratas/ Somos la banda más loca que no tiene ratas/ No   me importa lo que diga toda la gilada/ Somos la primera barra/ A mí no me importa nada

 

Foto: Nicolás Cabrera

El Turco tiene un semblante que intimida. Pese a la delgadez que lo acompaña hace más de 30 años, su pose es la de un hombre curtido, no sólo por la plomería y las décadas de tablón, sino por una vida en la que reconoce no haberse criado “con leche de monja”.

–Eso ha cambiado. La Barra lo hizo y está muy bien  porque no es lindo que uno vaya a seguir a su equipo, se come viaje y aparece una rata y te labura ¿entendés?

Charlamos en una esquina olvidada. Una cerveza se entibia mientras se habla de ratas, robos y la barra:

–Y no es así, para mí no es así, Belgrano no es así, ni siquiera vienen por los colores, yo creo que La Barra ha hecho algo muy bueno en agarrar las ratas. Te soy sincero, si a mí una rata me llegaba a robar en aquella época, lo iba a agarrar y le iba a moler los huesos a golpes.

Franco también es de Belgrano. Habla pausado y con muchas esdrújulas. Colegio privado, barrio con servicios, carrera universitaria y un trabajo como profesional de la salud.

–Me acuerdo patente que estaba con dos amigos y fuimos a comprar un choripán en el entretiempo y cuando estábamos saliendo vinieron Las Ratas, los pibitos, y nos arrebataron el choripán en la cara. Se lo comieron todo. Fue una situación de mierda, nos asustamos. No podíamos hacer nada, venían de a muchos y me acuerdo de la impotencia, la impunidad, no sé.

Con palabras y gestos diferentes Franco, coincide en más de un punto con El Turco:

–Adentro era como sentir inseguridad en tu propia tribuna. No está bueno eso porque no vas tranquilo. La cancha no es la misma desde que no está ese grupo, cambió para mejor y veo más familias.

 

Foto: Archivo

 

Los testimonios se repiten. La idea también: la tribuna popular de Belgrano era insegura. La Barra lo solucionó. En el nombre de la familia, de los hinchas de verdad, de Belgrano, los colores, la seguridad o la fiesta, había indeseables que era necesario castigar y desterrar. Se castiga y eso da orgullo. No son humanos, son Ratas. La legitimidad construida entre los hinchas se viste de varios ropajes, pero al desnudo dice siempre lo mismo: en este territorio no todo está permitido, ni todos son bienvenidos. Es sólo para entendidos. Esos otros que osen transgredir nuestras fronteras morales serán tratados como animales.

 

Muchas tropas riendo en las calles

Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima.

La Fiesta del Monstruo, J. L. Borges y A. Bioy Casares, 1955

 

Fabricio no mira la cámara. No es timidez. Está abstraído en recuerdos que llegan como dosis de adrenalina. Gesticula con entusiasmo para el documental La Hora del Lobo. Es uno de los tantos vecinos del barrio Nueva Córdoba que durante los días 3 y 4 de diciembre del 2013, se organizaron para defenderse de los “motochoros” ante el autoacuartelamiento policial. Habla de Una Guerra y una Tierra de Nadie.

–Había chicos en moto que venían con casco súper despacito, ¡no, abajo! [gritaban]. Se les sacaba el casco y casco al brazo, documentación en mano, moto al lado. Hasta donde tengas que ir macho, pero fijate que si vos andas con casco y arriba de la moto te van a bajar. Porque no se diferenciaba quién era motochorro y quién no. El que venía, le daban.

Fabricio celebra la actitud de vecinos que improvisaban controles guiados por un olfato social devenido en olfato policial y explica qué pasaba con aquellos que no paraban ante el pedido de los vecinos:

–Le dábamos (sonrisa). Era así de simple, se le daba. Y nosotros le dijimos: te dimos la posibilidad de frenar, de que te bajes, de que demuestres tu documentación, no lo hiciste ¡chau! La gente estaba muy sacada, entonces… lloraban y gritaban y decían: ¡Soy inocente! Y nadie le creía ¡Chau! Te damos por motochorro, por andar en moto, o en lo que sea.

En el invierno de 2015. José Luis y Claudio empuñan un arma hecha para jugar. En la intersección entre La Tablada y Chancay, de barrio Quebrada de Las Rosas. Bloquean el paso de un joven de 16 años e intentan robarle. El asaltado se resiste con golpes. Varios vecinos del barrio no dudan e intervienen, solo que todos le caen a la misma persona: José Luis Díaz, de 23 años, termina internado con traumatismo de cráneo. 13 días después muere en el Hospital de Urgencias. En una pared testigo del linchamiento hasta el día de hoy se lee: “1 negro menos”

 

Foto: Nahuel Blazquez

 

Falta un día para la primavera del 2016. Barrio Zumaran cena. Dos hombres huyen en moto con la cartera de una mujer. La escena alerta a un taxista que no tiene mejor idea que atropellar a los ladrones, bajarse del auto y golpearlos. Los vecinos encienden las luces y su rabia hasta terminar lo que el taxista comenzó. Jesús y Héctor son hospitalizados en estado de inconsciencia. Frente a un micrófono radial el taxista justifica:

–Al medio los agarro. Rompí el auto lamentablemente y bueno me baje y… bueno, les di un poco de cariño a los dos. Mucho cariño les di (…) pero contento y feliz por la gente y por cómo nos estamos organizando, agradecidos eternamente porque hay dos pibitos que no nos van a hacer daño a nosotros, a la sociedad.

Cacos, motochorros, negros. Toda victima necesita de una degradación moral para hacer de ella un cuerpo matable. Antes fue la animalización, es decir, su deshumanización: Las Ratas. Ahora el estigma de ser ladrón, tener una moto o parecer –ante los ojos de alguien- un Negro.  El odio de clase devenido en racismo. El delito y sus botines estigmatizados porque impugnan un estilo de vida: el del que “se rompe el culo”, al que “nadie le regaló nada”, el que tiene lo que tiene por el “sudor de su propia frente”.

Además, un cuerpo matable tiene que estar donde no le corresponde, donde es un extranjero, un desconocido, un sospechoso, un infiltrado. Así, los que llegan a la categoría de vecinos se ponen al servicio del barrio. En nombre de la ley se la transgrede, por la defensa de su seguridad, por el mantenimiento del orden. La vecinocracia filma, postea, exhibe y espectaculariza mientras denuncia:

-Te matan por un celular.

 

Foto: Colectivo Manifiesto

 

Entre lo que pasa afuera de los estadios de fútbol y lo que pasa adentro hay una relación de autonomía relativa. Ambas esferas se condicionan pero no se determinan. Más claramente, lo que pasa en la calle tiene que ver con lo que pasa en la cancha pero no se da de la misma forma. En algún punto, los dos procesos descriptos anteriormente convergen en la trágica muerte de Emanuel Balbo en el estadio Mario Kempes.

Emanuel Balbo fue representado como un cuerpo matable, y, en consecuencia, se lo mató o, en el mejor de los casos, se lo dejo morir. Esto se dio por varias razones. Un grupo de personas, hinchas de Belgrano, se creyó soberano y custodio de un territorio que les correspondería naturalmente: la tribuna. En segundo lugar había una presencia indeseable, prohibida, invasiva, infiltrada. Alguien que estaba donde no le correspondía y, encima, clandestinamente.

Todo esto no sólo es una trasgresión legal –violar la prohibición del público visitante– sino también moral. Es una presencia que no solo es diferente, también es desigual.  Por qué “ellos” no tienen el mismo estatus moral que “nosotros”. La humillación simbólica de la victima así lo muestra.

Pensemos en el video en el que Emanuel yace agonizando en el piso rodeado por cientos de hinchas de Belgrano que cantan enardecidamente “Gallina puta la puta que te pario” ¿Qué hay en ese cántico entonado en ese contexto? Hay toda una operación simbólica que tiende a degradar moralmente a la víctima para legitimar su muerte. Veamos en detalle: primero el otro es animalizado, deshumanizado: una gallina, un no-humano.  Además, es una puta, esta feminizado, desmasculinizado convirtiéndose en un no-hombre. Finalmente, no tenemos una simple mujer, está la mujer más estigmatizada por la cultura patriarcal y machista que inunda al fútbol argentino: una puta. Y como si eso no alcanzase se trata de una condición de linaje, de ascendencia, sanguínea: la puta que te pario. Su identidad es su condena.

La barra de Belgrano no es responsable por la muerte de Emanuel. Eso cualquier hincha de Belgrano lo sabe pero es indudable que al proceso de expulsión de las “Ratas” le subyace una lógica similar a lo ocurrido con Emanuel.  No estamos ligando autores materiales, relacionamos procesos sociales.

Por otro lado, sabemos que el lector puede estar pensando en una diferencia sustancial entre los casos. Con Las Ratas y Los Choros hay una presunción de culpabilidad. Son violentados por robar. Ante más de una mirada se tratará de víctimas culpables. El caso de Emanuel es diferente. Al saberse tras los episodios de su condición de hincha de Belgrano, automáticamente se transforma en una víctima inocente.

– No hizo nada malo, la ligó de arriba.

En otras palabras, para algunos sectores de nuestra sociedad Ratas y Choros se merecen el linchamiento. Difícilmente para algún coterráneo lo que pasó con Emanuel es justo. No compartimos esa mirada. No hay víctimas buenas y malas; inocentes y culpables –¿no es esa  la misma lógica que lleva a preguntarse cómo estaba vestida una mujer que fue abusada?–. Una víctima es una víctima. Punto.

Entre Ratas, Choros e Infiltrados, hay otro telón de fondo en común: personas de a pie que asumen las tareas de vigilancia, control y castigo aunque se autodenominen vecinos o hinchas. Desde ese lugar se arrogan para sí un derecho policial en el que despliegan cuidados de sí y entre sí. Una “ausencia” estatal que exige una presencia civil en la que nuevos agentes de control territorial, en nombre de un nosotros, matan y dejar morir a quienes ellos definen como otros. El castigo civil tiene la curiosa paradoja de reforzar lazos sociales al mismo tiempo que los debilita. Va creando pequeñas comunidades morales de vecinos o hinchas que, unidos entre sí, aguardan expectantes la próxima invasión extranjera. El castigo al mismo tiempo que marca una identidad, fija una diferencia e instituye una desigualdad. Cohesiona, distingue y jerarquiza.

Esto es viejo. Los epígrafes lo confirman. Pero Córdoba parece una versión recargada de la vecinocracia punitiva, pánico moral, militarización policial, criminalización de la pobreza y la juventud, segregación territorial, exclusión social. Cordobesismo 2.1. ¿O acaso es coincidencia que todas las víctimas sean jóvenes pobres golpeados y condenados al destierro? Vivimos en una ciudad donde hace tiempo se le ha puesto rostro, color, procedencia, tonada y edad al miedo. Hasta ropa viste. Un gran juzgado donde importan mucho más las acusaciones que pesan sobre la persona transgresora, que la norma transgredida. Una isla hecha de archipiélagos internos donde la osadía de cruzar puede costar la vida misma. Una fábula en la que el cordobesismo, al igual que sus vecinos, cuando no mata, deja morir. Eso ha hecho Córdoba de nosotros.

Pero nosotros hacemos Córdoba. Ahí lo curioso de las sociedades. Nos hacen al mismo tiempo que la hacemos, por eso Sartre siempre tendrá razón cuando dice: “Lo importante no es lo que hacen de nosotros, sino lo que nosotros mismos hacemos de lo que han hecho de nosotros”.

 

 

2 Comments

  • Anónimo 3 Mayo, 2017 at 12:00 am

    Impecable análisis de situaciones que se conectan inevitablemente, bien desarmado el andamiaje de violencia y sus nefastas consecuencias. Felicitaciones

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  • Anónimo 2 Mayo, 2017 at 7:38 pm

    Felicitaciones por semejante escrito. Los registros, asociaciones e interpretaciones expuestas en el texto de distintos hechos ocurridos en Córdoba, son contundentes a la hora de explicar la violencia hacia las personas que uds muy bien describen. Además, los textos “ajenos” seleccionados y eplicitados en el escrito, complementan y enriquecen notablemente lo que uds desean resaltar. Así es que la verdad: fue un gusto su lectura. Muchas gracias.

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