No soy pobre

Texto: Gonzalo Assusa | 

A la derecha y a la izquierda, José “Pepe” Mujica es festejado como el presidente más humilde del mundo ¿Quiénes y por qué lo recuperan como un referente? ¿Cómo usan su figura? Un texto sobre la austeridad y sus repetidores.

 

En Madrid, subiendo por una de las callecitas estrechas del Tirso de Molina se llega al cine Doré. La peatonal al costado del cine, más estrecha aún, lleva a un sinnúmero de barcitos, como en casi toda la ciudad. Si uno se sienta en uno de esos barcitos, pide un café y además forma parte de ese selecto grupo de personas que aún prefiere el azúcar en su vida, recibe en la mesa un sobrecito con la cara de José Mujica impresa en tinta marrón, con una leyenda tan austera como la figura y su impresión.

– Vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad.

En Japón, la popular marca de ropa interior Anapau ofrece boxers con el rostro de Mujica estampado en mosaico sobre tela amarilla, gris y verde. Con la leyenda “I show respect for Mr. Mujica” la empresa promociona calzoncillos con la imagen del “presidente más pobre del mundo” y destaca la comodidad de la prenda. Menos austeros que Pepe, los boxers se venden a más de 30 dólares cada uno.

Tan accesible es José Mujica que está ahí, disponible para casi todos y para casi todo.

 

Poco antes de morir, en 1940, don Demetrio Mujica se fue a la quiebra. Su hijo, José, todavía no había cumplido los seis años. La vida de ese hombre pequeño se cuenta en cifras discretas, para las que alcanzan poco más que los dedos de las manos: 6 balazos, 4 encarcelamientos y 2 fugas. En total pasó 15 años de su vida en prisión. Él dice que se comió todo ese tiempo en cana y dos horas después de salir ya estaba militando de nuevo.

A los 74 años, José Mujica sería electo presidente de la República Oriental del Uruguay como candidato del Frente Amplio. Escudado en su simpleza, nunca dudó en decir que sus pares de naciones hermanas eran tercas, tuertos o locos como una cabra, que había que importar campesinos andinos porque los montevideanos pobres no quieren trabajar en el campo, o que a los drogadictos se los curaba agarrándolos del forro de las bolas y metiéndolos a laburar en una chacra. Hasta en diplomacia ahorra Mujica.

Querible como Tarzán para el imperio, Pepe oficia muchas veces de perfecto intérprete del “buen salvaje” de la izquierda latinoamericana. Usa boina y patillas de chacarero, pantalones cortos de tanto ruedo y un bigote tan austero como su auto, su casa y su perro que tiene sólo tres patas. A veces usa los dientes; otras, se los olvida. Ni soñar se permite. El enviado de la BBC que lo visita en su casa narra esta escena: “Suena un teléfono y Mujica saca del bolsillo un viejo celular plegable atado con una banda elástica. La banda se rompe, pero el presidente le hace un nudo mientras habla. Y vuelve a colocarla alrededor de su móvil”.

Los mismos ríos de tinta dedicados a las carteras de presidentas soberbias se imprimen en notas sobre los zapatos gastados que Mujica lleva a las cumbres de jefes de Estado, bajo la creencia de que eso habla, más que cualquier medida de gobierno, sobre su carácter, su persona y su alma. Dice que en el mundo en el que vivimos inventamos consumos superfluos, y para pagarlos nos gastamos el tiempo de vida. Y la vida se gasta y no se puede reponer. Viejo diablo del arte político y pragmático equilibrista moral, rectifica la frase bíblica: “Vivirás con el sudor de tu frente pero no vivirás para sudar”.

 

Cuando se unió a Tupamaros en la década de 1960 Mujica no dejó de trabajar en su chacra. Finalmente tuvo que escapar perseguido por la policía. En 2010, ya electo presidente, tampoco quiso irse de aquel lugar. El Estado tuvo que generar toda una logística y adaptación de las instalaciones para alojar a un mandatario que no aceptaba dejar de vivir rodeado de su familia y sus gallinas como cualquier hijo de vecino, y que, para colmo de la coherencia, hablaba como decía vivir: ahorrando hasta las letras de las palabras.

Mujica, gobernante humilde de un país humilde, diseñó un plan de vivienda que funcionaba con fondos estatales y trabajo de la sociedad civil. Las casas se construían con el esfuerzo de los que serían sus habitantes, esos que hoy se apoyan en las paredes y pueden decir que, ladrillo por ladrillo, las levantaron ellos mismos.

Le tocó gobernar un país latinoamericano con una historia neoliberal de baja intensidad. Un Estado más centralista que sus vecinos, menos descuartizado por la ola privatizadora, y que por un referéndum en la década de 1990 había conservado en sus manos las empresas de telefonía, energía y petróleo.

La crisis uruguaya de principio de los 2000 fue menos una crisis orgánica -del sistema de partidos- que una crisis de legitimidad del partido Colorado en el gobierno, por lo que su gestión política no tuvo que reconstruir al país desde las ruinas. La tradición periodística y el aparato mediático uruguayos nunca se le plantaron como opositores plenos, más allá de su disidencia con la retórica de los sermones de Mujica contra el “Dios Mercado”, por lo que nunca terminó de enfrentarse con las reglas de juego del sistema mediático. Cuando tuvo que hacerlo, defendió los tratados de libre-comercio (“para el pueblo”) o la controvertida pastera instalada en su país:

– El dique de mi chacra genera más fósforo que Botnia- sostuvo criticando el accionar del Estado argentino en la corte de La Haya.

Mujica no tiene uno, sino dos Escarabajos. Fusca, como le dicen en Uruguay. Desde que empezó a producirlo en 1938, Volkswagen usó nombres alegóricos, aunque sin gastar demasiado en metáforas: “el coche de la fuerza mediante la alegría”, le llamaron. Volkswagen, “el auto del pueblo”, conducido por el presidente más pobre del mundo.

Con poco más se completa el inventario de su patrimonio. 1 Chacra, 2 Fuscas, 2 fugas, 3 tractores, 4 encarcelamientos, 6 balazos y 15 años de cárcel. Y sólo una fracción menor de su sueldo (la mayor parte lo dona a una fundación). Todo eso y un perro con 3 patas. Sólo en ser políticamente correcto no ahorra Mujica.

Nadie puede discutir seriamente que el suyo haya sido un gobierno que formó parte de la ola del progresismo latinoamericano del Siglo XXI. Y nuevamente, durante su gestión Uruguay no dejó de estar fuertemente alineado con EEUU como uno de sus aliados fuertes en la región. Avanzó mucho con la legalización de la marihuana y la el aborto, pero hizo mucho menos en materia de juicios contra las violaciones de derechos humanos durante la dictadura uruguaya.

Los periodistas no se deciden entre festejarle sus salidas de tono y condenarle su falta de profesionalismo. La prensa y los políticos de los países vecinos lo adulan, desde la derecha más moralista hasta el progresismo socialdemócrata. Incluso los diarios más liberales están dispuestos a olvidar y perdonar su pasado guerrillero por haberse convertido en el “presidente más humilde del mundo” y por haber diluido su lucha simbólica en un discurso de la “austeridad” que se distingue poco del de los organismos internacionales y que es tan caro a la derecha como al oenegeismo inocentón, al productivismo japonés como al ambientalismo más combativo.

– Si tuviera muchas cosas tendría que ocuparme de ellas. La verdadera libertad está en consumir poco –escueto, sostiene Mujica.

Tan accesible José Mujica que sus frases están ahí para ser recitadas, incluso por Aranguren, González Fraga o cualquier otro crítico del consumismo en la sociedad contemporánea. Pero mal que le pese a los fanáticos locales del comparacionismo, en indicadores de desigualdad de ingresos, desempleo, salario mínimo y hasta consumo de energía eléctrica per cápita, las gestiones de los dos “Frentes”, en Uruguay y Argentina, más que distinguirse se parecieron demasiado.

 

En Barrio Güemes dos amigos discutían sobre el triunfo de Donald Trump en las elecciones de noviembre de 2015. El detractor de la candidata demócrata, empapado de datos de espionaje, informes y wikileaks, ilustraba a su contrincante con actitud de catedrático:

– Ojo, yo te entiendo, yo antes era como vos, así, de izquierda.

Su interlocutor, al escuchar el calificativo, se reclinó bruscamente para atrás en su silla.

– Mirá que yo con la izquierda no tengo nada que ver ¿eh?

– No, bueno –aclara el primero con las palmas hacia delante- me refiero a izquierda, liberalismo, eso. Mirá, yo antes de venir de Uruguay lo voté a Mujica –dice mientras sonríe.

– Bueno, pero Mujica es un caso, es otra cosa –concede el segundo.

 

Menos humilde el expresidente que sus lectores, sus reproductores, sus escritores y sus consumidores. Dispensados de discutir, ascéticos para pensar. Periodistas, políticos y votantes de América Latina y el mundo aprenden a ahorrar en cuestiones grandes, importantes, costosas. Se conforman con poco: que la chacra, que su fusca, que su tractor, que sus zapatos gastados, que los boxers, que los sobrecitos de azúcar.

Muchos de los que invocan su figura, pregonan la sobriedad material solamente para políticos y trabajadores. Pero pobre del que ose cercenar el derecho humano inalienable de un empresario para comprar automóviles de alta gama sin pagar un impuesto alto. Una doble moral que se cambia tan fácil como la ropa interior estampada con exmandatarios. Total, por la módica suma de 30 dólares cualquiera puede comprar merchandising-Mujica, usarlo un día, lavarlo en el lavarropas y volver a ponérselo la semana siguiente.

Salidaalmar

1 Comment

  • Anónimo 12 Abril, 2017 at 5:39 am

    Excelente!

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