Obreros del cuarteto

Por Facundo Miño | Cada año cientos de canciones se suman a la historia del cuarteto. Los autores de esas letras y melodías no son los ídolos de purpurina que triunfan en el escenario, sino personajes que sueñan con una gloria que, cuando llega, apenas si los salpica.

 

A Marcos Bainotti lo buscaba la Policía. Un amigo tenía una noticia urgente para darle y como no pudo comunicarse, llamó a la comisaría para pasar el dato. El patrullero dio unas vueltas por Porteña, un pueblo de 4.000 habitantes, hasta encontrarlo en la casa de unos vecinos. Los agentes le transmitieron la noticia: La Mona Jiménez hacía un casting de cantantes en Córdoba capital. Era el verano de 1996 y Marcos tenía 21 años.

Bainotti no dudó. Armó el bolso y tomó el colectivo. Tres horas –y 255 kilómetros después– ya estaba en Córdoba Capital para probarse en el mundo cuartetero.

Antes de ir a la prueba pasó por la casa de otro amigo y se robó una camisa que colgaba de una silla. Quería estar elegante. Cuando llegó la prueba había terminado. Ya habían seleccionado un cantante. Sin embargo, Bainotti tuvo otra oportunidad cuando La Mona le pidió que agarrara el micrófono y entonara un tema. Tres minutos después, lo incorporó a su staff.

A punto de entrar en las grandes ligas, Marcos volvió al departamento para devolver la camisa de la suerte. Recién allí descubrió que tenía un tajo de arriba a abajo en la espalda y que la habían dejado colgada en la silla para llevarla a la modista.

–No sé si La Mona me dijo que me quedara porque le gustó cómo había cantado o porque le daba pena cómo andaba vestido– dice y sonríe.

Desde aquel día Bainotti ya no volvió a vivir en Porteña. Se convirtió en cantante y compositor de Track 1, el grupo que abría los bailes de La Mona. Dentro de la industria compuso varios hits para Jiménez: “La reina de la mentira”, “Ruleta rusa”, “Visita fantasma” y otras 22 canciones. En 2003 cuando el sello BMG pidió que el ídolo cuartetero volviera a actuar solo, Track 1 se quedó sin el paraguas de La Mona, pero Marcos ya no lo necesitaba. Cada sábado reunía 7 mil bailarines en el Súper Deportivo, uno de los templos del cuarteto.

Tiempo después vino la debacle. Peleas internas y el desgaste lógico de años sin descanso pasaron factura. En el cuarteto, como en cualquier otro género musical, llegar arriba es difícil; mantenerse en las alturas, titánico.

El grupo fue cambiando de nombre: Mega Track, El Mega, Marcos y Hugo, otra vez Mega Track. Desde entonces actúa en clubes y boliches relativamente pequeños -de 500 a 1000 personas, dos o tres veces por semana-. Y aunque Marcos jamás pensó en bajarse de los escenarios, tuvo que reconvertirse casi a la fuerza.

–Mis canciones las grababa con mi grupo, no quería dárselas a otro. Es lo único que tenemos para pelearla porque hacemos casi todos los discos con repertorio propio.

Su productor lo convenció de escribir por fuera de su banda. “Anoche”, un tema que sonó en todas las radios, fiestas y bailes con la voz de Damián Córdoba, fue el comienzo de una nueva etapa.

–Me empezaron a hacer notas, la gente me reconoce en la calle, me gustó, el productor tenía razón. Tengo que darle bola a esa carrera porque esto de cantar algún día se va a terminar y yo tengo que seguir laburando.

 

***

 

El cuarteto es un género musical que surgió hace 70 años, creado por la pianista Leonor Marzano, influenciado por la tarantela y el pasodoble que escuchaban inmigrantes italianos y españoles. Pero hoy no es sólo un estilo de música ni un tipo de danza asociado a los sectores populares. Es también una de las industrias más florecientes y aceitadas de toda la provincia.

Augusto Marzano armó una banda compuesta por contratrabajo, violín, acordeón y piano. Le puso el nombre de Cuarteto Característico La Leo para diferenciarse de las orquestas típicas de tango y milonga, y para homenajear a su hija que lo ponía tan orgulloso. La leyenda señala que Leonor al ejecutar el piano le dio prioridad a la marcación rítmica con su mano izquierda pero acentuando el primer tiempo en lugar del segundo. Así nació lo que se conoce como tunga-tunga.

El primer show de La Leo se produjo en 1943 en Colonia Las Pichanas, un pueblito gringo con 10 casas, una plaza y una capilla. El mito que pone a bailar a los cordobeses se forjó en galpones rurales y caseríos perdidos lejos de la capital.

Por aquella época ningún sello se interesaba por un grupo que actuaba para inmigrantes y sus hijos en el medio de la nada. En las casas no había tocadiscos y en muchos pueblos no existía la luz eléctrica. Editar un álbum para ese público era imposible.

El debut discográfico de La Leo se produjo en 1953 a través de unos simples con una canción instrumental y dos temas propios. “Baile usted” es el más recordado.

 

Ya empezó esta danza sin cesar con frases de amor,

entre usted a la reunión sin penas del corazón.

El bailar es jovial, le produce bienestar

siga usted con afán, no pierda el compás que premiada estará.

Baile usted, sí señor

con amor, brinda usted.

Emoción y compás,

el final va a parar al altar.

 

***

 

La casa de Sergio “Chingolo” Ledesma está en una esquina de calles de tierra en barrio Villa Rivera Indarte, cerca de Saldán. Su esposa atiende el kiosco-despensa por una ventanita mientras prepara el almuerzo. El tecladista, arreglador y compositor de La Banda de Carlitos se levanta con cara de viernes al mediodía. Es un sobreviviente. Tuvo baile la noche anterior.

En el living hay dos guitarras y dos teclados, un plasma gigante, una computadora, una silla y cuatro parlantes. Al lado de la puerta, una plaqueta de Radio Suquía lo premia por su hit “Jabón chiquito” de 2010.

 

Anoche llegaste con olor a jabón chiquito,

la boca pintada y el pelo bien mojadito.

Anoche llegaste con olor a jabón chiquito,

te ibas a cortar el pelo y te me piraste a un telo.

 

–Yo no soy Bainotti, no me salen letras de amor o sociales. Lo mío es joda. De 20 temas que compongo, uno solo no es de joda. Para mí una canción es buena si te baja sed–dice Sergio, frente a una jarra de agua que se sirve para apagar su incendio nocturno.

Antes de “Jabón chiquito”, antes del festejado “Dale vieja, dale”, el Chingolo había compuesto “Si querí í ite”.

 

Si te querí í, ite

pero a mí no me vengai con tanto agite

Si te caigo a las 12

la puerta me cerrai,

te digo cosas lindas y encima te enculai

no sé pa’ que salgo si yo no se chupá

que en unos días de estos vo’ te me vai a pirá

 

–Me aparecen medio espontáneas, no me siento a ver si sale algo. Necesito una idea, un estribillo, una frase. Ya me pasó de intentarlo, de decir voy a hacer un tema, estar ahí y no pasa nada. Al rato apago todo.

El Chingolo es un morocho grandote que empezó a los 14 con un teclado cuando un amigo le enseño a tocar el tunga tunga. Le gustó tanto que ya no pudo parar.

–Llegaban las vacaciones de julio, entraba a tocar en un grupo y chau colegio. No sé cuántas veces empecé primer año– dice.

Cuando apareció Pokemon Go, todo el mundo hablaba del juego en la radio y en la tele. Sergio pensó que tenía que aprovecharlo y hacer una canción. Estuvo lento. Un sábado subió al auto, prendió la radio y escuchó la voz de su amigo “Lanzallamas” Brizuela que cantaba “buscando el Pokemon, buscando el Pokemon”.

–Lo llamé y lo reputié, me dijo “Y bueno chiquito, tenés que ser más rápido, un director nunca duerme y vos dormiste”.

A los 18 años compuso su primer tema. Hoy tiene 150 registrados en Sadaic.

–Manejo la jerga del baile. Escucho frases y sé que tengo que hacer temas. Ahora por ejemplo están hinchando las bolas mucho con una frase que es “¿Y ella?”. Tengo que apurarme y hacerlo porque si espero hasta el nuevo disco ya va a ser tarde.

 

***

 

Si la Leo tardó una década en grabar un disco, mucho más demoró en hacer pie en la capital cordobesa. Recién en 1969 el grupo se presentó por primera vez en el club Rieles Argentinos. Unas 500 personas quedaron afuera, sin entradas. A partir de entonces se multiplicaron músicos, cantantes, canciones, discos, escenarios, bailarines, clubes, shows. De allí en adelante las mujeres fueron compañeras, esposas, parejas, amantes, musas. Ninguna pudo hacer pie en un escenario como Leonor.

En la actualidad unas 50 mil personas pagan un promedio de 100 pesos para ir a un baile de jueves a domingo. Los 15 solistas y grupos más convocantes se repiten en escenarios diferentes. Adentro del baile, un vino en tetrabrick con hielo y soda -“arremangado”- se vende a 150 pesos y una jarra de fernet con coca cuesta 350.

Los nombres exitosos varían. Hoy se llaman Damián Córdoba y Ulises Bueno; ayer eran Sabroso y La Fiesta; antes La Barra, Trulalá y Chébere; quizás mañana sean Chipote o Pitty Murúa. La única excepción es La Mona Jiménez, el hombre que supo escalar hasta la cima a mediados de los años 80 y nunca más abandonó el trono.

Cada artista graba dos discos por año -mínimo 15 tracks por álbum- para renovar el repertorio y no agotar a los bailarines. La lista de temas de cada noche -un baile dura alrededor de tres horas- se renueva una o dos veces al mes. Cuartetos de otra época o hits latinos del momento engrosan los repertorios. La maquinaria para hacer canciones y garantizar shows no puede detenerse.

 

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Foto: Fernando Bordón

La voz todavía joven de La Mona canta “Amigos” en el celular de Gastón Sánchez. Su papá Ariel mira sorprendido. Gastón atiende, habla, corta.

–Esa canción que tenés de ringtone es mía, la hice yo– dice el padre.

Entonces el que mira sorprendido es su hijo.

 

Nos saludamos de la mano como amigos

delante de mi mujer y de tu marido,

en ese instante quise romper con lo fingido

poder gritarles a ella y él lo que sentimos

pero lo nuestro es tan prohibido, tan prohibido, tan prohibido.

 

Cuando la compuso, Ariel Sánchez tenía 24 años, un pasado como músico de La Sonora Dany y Chicos Orly y un periodo más remoto en una banda de covers de Miguel Mateos y Soda Stereo.

–Después del rock me buscaron para hacer ranchera, pasodoble y foxtrot. Tenía 16 años y ya me pagaban. Entonces dije: “Ah, acá está el negocio”– recuerda.

Hoy Ariel tiene 47 y un segundo matrimonio con dos hijos pequeños. Vive en una casa modesta de un plan de viviendas en barrio Las Palmas, a pocas cuadras del club del mismo nombre. A la siesta las calles están desiertas, apenas un puñado de mujeres espera el colectivo como única señal de vida.

En la mesa de la cocina-comedor en la que está sentado Sánchez hay una máquina de coser, un centímetro, una tijera, telas, hilos y agujas con las que su esposa estuvo trabajando un rato antes. Ella deja una jarra de jugo sobre la mesa y se va hacia una habitación del fondo con la hija menor del matrimonio.

–Siento que estoy grande, cumplí un ciclo. He consolidado mi familia y no quiero tocar más– dice Ariel.

Sánchez maneja un auto propio que convirtió en remís. Sin socios, choferes ni empleados, se sube a un Fiat Uno todos los días desde las 7 de la mañana. Se alejó de la noche. No la extraña. No se queja.

Entre 1993 y 1997 compuso temas junto a su amigo Héctor Rivarola para La Mona: “Amor fantasma”, “No pachanga naninga”, “Vizcacha a la siesta”, entre otros. Desde 1998 hasta 2011 fue tecladista de Jean Carlos y le entregó al dominicano canciones como “Dame un beso”.

 

Dame un beso, damelo ya,

que me muero si no me lo das.

Enamorado estoy, no sé lo que me pasa

que cuando te miro mi boca se calla.

Eres tú la chica de mi corazón

y si tú te ofendes, te pido perdón.

 

–Es un tema que no dice mucho, bien simple pero es comercial. Anduvo tan bien que muchos años después lo grabaron también Los Palmeras. Quedó un poco opacado porque salió en el disco que tiene “El bombón asesino”. Pero eran esas dos canciones, el resto estaba para rellenar– dice.

A Sánchez en el ambiente musical le dicen “Cáscara”, por una canción de Cachumba llamada “Cáscara de nuez”.

 

Nuestro amor es una cáscara de nuez,

dura al derecho y al revés,

 no tiene rumbo, no tiene fin.

 

–Cuando probábamos sonido yo lo imitaba al Turco Oliva y mis compañeros se cagaban de risa. Me pedían que cantara esa canción y me empezaron a decir así, de ahí salió el apodo.

Un tema que se vuelve a grabar y editar adquiere estatus de clásico. Además de reanudar el circuito de liquidaciones de derechos de autor, se transmite a otras generaciones y le otorga prestigio al compositor. Sánchez tiene unos 50 temas registrados, incluso varios fueron regrabados pero no vive de la autoría.

–Económicamente no te sirve, lo seguís haciendo para mantenerte vigente, para que tu nombre siga ahí dando vueltas pero nada más. Nadie cobra lo que le corresponde– dice Ariel que colocó un tema nuevo, “El bolichón”, en el último cd de La Mona.

Durante las décadas del ´80 y el ´90 había una competencia entre cuarteteros para comprar antes que sus vecinos el nuevo cassete o cd para ponerlo a sonar en centros musicales a todo volumen. Toda la cuadra se enteraba que el nuevo de Chébere, La Barra o Trulalá ya estaba en el barrio.

Sánchez entró a la industria en los ´90 y dice que era una época dorada en la que prácticamente no existía el mercado de discos truchos, las computadoras eran un dispositivo de lujo y el mp3 ni siquiera había sido inventado.

–Se movía otra plata. Cuando arranqué tenía una moto y con lo que cobré en dos liquidaciones por “Amigos” y “Amor fantasma” en 1995 me compré un Fiat 147 casi cero kilómetro.

 

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No está escrita en ningún lado pero es una regla de oro dentro del ambiente. Cuando se graba una canción, los beneficios que se obtengan del tema se reparten entre el compositor original, el cantante y el arreglador de la banda. Si el creador de la canción no acepta, el tema no se edita.

Sadaic (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música) es el instituto encargado de la defensa de los derechos que producen las obras de los autores desde 1936. Revisan las listas de temas reproducidos en radios y canales de televisión. Para la música en vivo, los inspectores del instituto suelen auditar un show de cada grupo: anotan el total de canciones interpretadas y proyectan la información al resto de los bailes del mes. Luego, cada cuatro meses, el organismo realiza las liquidaciones en base a esas estadísticas. A los socios no los convence el mecanismo utilizado ni los montos percibidos.

 

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El guardia de seguridad de La Morocha repasa desganado las noticias de un diario. Es viernes a la siesta, faltan varias horas para que actúe Ulises Bueno.

La planta alta del boliche funciona ahora como salón de oficinas de la productora Segundo A, la agencia más importante de cuarteto. El hall central está pintado de color bordó. Tres sillones tapizados de naranja furioso, otros dos de color verde brillante y una mesa ratona son los únicos muebles.

Por uno de los vidrios se cuela la voz de un locutor de Fm Máxima que habla a gran velocidad como si estuviera animando una fiesta aunque sólo lo acompaña un operador. El locutor lee mensajes (“Un saludo para los chicos de Ameghino que están trabajando en la obra y ya se quieren volver a sus casas”, “Braian dice que pasemos ‘Vuélveme a querer’, de La Fiesta”), ríe a carcajadas, sortea entradas para los bailes del fin de semana.

De la habitación contigua sale Federico Pulisich. Durante la década del ´90 fue el musicalizador estrella de 100.5 FM Córdoba, la emisora líder en audiencia de la ciudad. En 2012 comenzó a trabajar como productor artístico en Segundo A y en 2013 colaboró con Andrés Calamaro.

–Mientras él armaba su disco “Bohemio”, yo estaba con las “Historias cantadas” de Ulises. Le tenía que explicar cómo era la empresa y le dije, medio en broma, que era una especie de Motown. Hacemos música de negros para que también les guste a los chicos blancos.

El sello discográfico Motown nació en Estados Unidos. Con un claro perfil comercial, pero también asociado a la calidad artística, fue una fábrica de exitosas canciones pop, rentable y prestigiosa durante los años ´70. Regenteada por gente negra, consumida también por blancos.

 

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Ulises canta “Dale vieja, dale” y los miles de bailarines que llenaron La Vieja Usina la corean de principio a fin. El tema es una bomba que no para de explotar: lo cantan nenes y viejos, hombres y mujeres; suena en la radio y en la tele, aturde en los parlantes de los autos. El último hit cuartetero fue idea de Marcos Farías. Lo llamó a “Chingolo” Ledesma de La Banda de Carlitos, y le pidió que escribiera un tema sobre un tipo medio vago que vuelve de joda y solo quiere dormir para que Ulises lo cantara.

Marcos es un hombre robusto, mide cerca de un metro noventa; tiene la cabeza calva, totalmente rapada y usa barba candado. Habla pausado, como si pensara cada palabra que va a decir pero no esquiva las riñas. A los integrantes de Sabroso los trató de “humientos”-agrandados-. También se peleó con Damián Córdoba, Trulalá, y La Mona Jiménez.

Marcos es hijo de Emeterio Farías, el mayor organizador histórico de bailes, que comenzó a armar shows en 1963. Contrataba a los artistas, pegaba los carteles en la calle, acomodaba las mesas. Emeterio fue un pionero: supo leer las coordenadas del género y construyó un imperio que hoy incluye radios -Suquía, Máxima-, programas de televisión -Ritmo Punta-, la concesión de clubes históricos -Atenas, Súper Deportivo- y boliches -La Morocha, Casablanca-.

En ese reino, el primogénito Marcos interviene en la parte económica y opina de la faceta artística. En su agencia trabajan Chipote, Mega Track, Monada, La Banda de Carlitos, Tribuna, Banda Express, Pitty Murúa, La Fiesta y Carli Jiménez.

–Los productores somos los que decimos: “Esto está muy lindo pero ¿a quién se lo vendemos?” Tratamos de combinar las dos cosas, que sea comercial y que sea un producto digno– dice Farías.

 

Soy la más perfecta imperfección,

yo no tengo creador.

Yo a cada rato me invento,

soy lo que ha quedado de mi voz,

por el asco de aguantar

tanta procesión por dentro.

Soy así, soy lo que soy,

mi destino, mi amuleto.

Soy así y adonde voy,

soy siempre lo que yo quiero.

 

Ulises canta esas estrofas en el comienzo del show. El estadio Luna Park está repleto, las entradas se agotaron semanas antes. Las reseñas en los medios hablan de fecha consagratoria.

Un día Farías le contó a Bainotti -el de la camisa rasgada- que estaba cerrando la imagen transgresora de Ulises y tenía planeados un disco y una canción titulados “Soy” para completar ese perfil.

–Quiero que vos pongas todo lo que representa Ulises en esta manera de transgredir, escribí lo que tengas ganas, él no se va a enojar– le dijo.

Con decisiones de ese tipo, Farías construyó una imagen de hombre con olfato que explota su visión comercial.

–La gente consume personajes además de música. Ulises un día agarró un sombrero, otro día agarró un guante, otro agarró unos lentes, armó su mística de esa manera. Es un producto que se trabaja de manera distinta: no es el arquetipo cuartetero que se parece a la Mona Jiménez, lleno de rulos, lentejuelas y brillos que anda a los saltos y se tira al piso– dice.

 

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–El otro día una persona que le hacía temas a Valeria Lynch contaba que tiene 50 canciones guardadas porque escribe de manera antigua y sus canciones ya no se las puede vender a nadie. Me quedó grabada esa idea– dice Bainotti mientras ceba mate dulce en el estudio de grabación en el que prepara su nuevo disco.

Ya no tiene el pelo largo, se le notan algunas canas y mantiene un aro en la oreja izquierda.

Dice que los pibes más jóvenes lo escuchan porque no se queda en el tiempo y evoluciona.

–Hay una historia que canta Ulises que se llama “Gabriela”, trato de contar cómo es la mina y cómo es el marido, en una parte de la letra dice “No alcanza la omnisciencia de este narrador para decir de qué carajo se murió Gabriela”. No quiero contar lo trágico de la muerte, no sé de qué carajos se murió, no importa. Trato de crear imágenes todo el tiempo y enganchar hasta el final de la canción.

Para componer se encierra solo en una habitación. Si ve a alguien dando vueltas, se distrae. Es obsesivo. Su mejor aliada es Paulina, su hija de cinco años.

–Yo hago una canción en mi casa y la canto 50 mil veces por día. Si mi nena más chica canta por tercera vez un tema de los que estoy haciendo, ya sé que es un éxito. Cuando ella no lo canta, no pasa nada.

 

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Lucas Ninci abre la puerta del edificio y sube unas escaleras largas y oscuras hacia su departamento. Tiene puesta una remera de George Harrison color gris; usa pelo corto prolijamente despeinado, barba canosa y tres piercings -uno en cada oreja, otro en la nariz-. Deja el celular y la billetera sobre la mesa pero enseguida se levanta, ofrece gaseosa, vuelve a sentarse, se acomoda, agarra la billetera, la suelta, vuelve a agarrarla.

Cuando tenía 16 años su papá le regaló un teclado. Nunca más se despegó del instrumento ni de la música.

–La primera vez que agarré ese teclado y le logré sacar un sonido, la primera vez que hice un acorde, quise componer una canción para enamorar a las chicas, para que la gente se sienta feliz– dice Lucas.

A principios de los ’90 Ninci se sumó a Los Sacha, un grupo que lideraba su tío y competía con Amboé como la renovación del folclore. Estuvo 10 años con ellos mientras el esperado despegue quedaba en una expresión de deseos.

Después armó 250 Centavos junto a sus hermanos Juanito y Agustín. Lucas tenía 26 años y durante otra década compuso canciones punks desde el teclado. El grupo giró a nivel nacional, editó dos discos e implosionó para darle forma a La Monada. Los tres hermanos Ninci abandonaron el punk para tocar cuarteto. Cuatro años más tarde, con 87 canciones compuestas, Lucas está contento.

–Como se graban dos discos por año esto es el paraíso terrenal. Es mi lugar en el mundo, el lugar donde quiero estar. En el grupo de rock que tuve grabamos dos discos y tocamos diez años. ¿Sabés las carretillas de canciones que no salieron nunca a la luz?

Simultáneamente tocó durante cinco años con Attaque 77 como una especie de invitado estable. “Canto eterno”, un tema compuesto por Ninci está en el nuevo disco de la banda porteña, otros dos de cuarteto están en el último álbum de Chipote.

–Soy un enfermo de componer canciones. Hablo con una señora en la verdulería, me cuenta que se le murió la hija de cáncer y que tenía un perro y yo ya pienso en la situación, en la secuencia, me encantaría hacer una canción con eso. A las novias las llené siempre de canciones, a las mujeres, a mis hijos, a mi perro, a mis viejos.

El tecladista cuenta que La Monada ofrecía tatuajes gratuitos durante sus shows. Algunos se tatuaban el nombre del grupo; otros la cara de Juanito, el cantante; la enorme mayoría elegía canciones. “Vuelo”, un tema del primer disco es de los preferidos:

 

Sólo tu amor me lleva más allá del infinito,

sólo tu amor abre mis alas y me aleja si hace frío

y es por tu amor que siento que se aceleran mis latidos,

y es por tu amor que en cada beso me hace sentir que estoy vivo.

 

Ninci no se despega del celular, le canta y le habla todo el tiempo.

–Somos medios freaks, como un fenómeno de esos que no se les acercan en la calle y se le cagan de risa– dice y toma un trago de gaseosa–. Tararearle ideas y frases al celular es la mejor manera de reciclar tus momentos de ocio en la vida.

Lucas nota una sed de autores. Dice que son pocos los que componen material propio. Dice también que a Monada le destacan esa cualidad de hacer canciones. Cree que la mayoría de los cuarteteros copian de otros estilos o buscan en You Tube.

–La gente está con las antenas paradas a las letras de las canciones, no solamente los arrastran la melodía y el ritmo, como muchos se imaginan. Tunga, tunga, tunga, tunga, ta-ka-ra-tu-ta-ka, ta-ka-ra-tu-ta-ka y ellos bailan ¡No! Cuando se identifican, le bailan a la tristeza; se paran y la bailan, como en el folclore, como en la chacarera.

 

***

Ariel Sanchez sale temprano de su casa para manejar el remís mientras La Mona todavía duerme. Anoche, 11 de enero de 2017, el cuartetero regaló 200 mil pesos entre los bailarines que lo acompañaron en el festejo de su cumpleaños número 66 en Forja. Si tiene suerte, el “Cáscara” podrá contarle a los pasajeros de su coche que la máxima estrella del género cantó alguno de los 23 temas que él le compuso.

 

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